jueves, 6 de julio de 2017

Lecturas de verano (1)

Eduardo Moga, en su blog Corónicas de Españia, inicia una serie de reseñas que titula "Lecturas de verano". En la entrada (1) comenta Los refugios de la memoria de José Luis Cancho (Valladolid, 1952) y W. Reproduzco aquí la segunda de las reseñas, por motivos obvios, pero os dejo también el enlace al blog.

Otro libro en el que la memoria es fundamental, es W, publicado por Vaso Roto, de Javier Pérez Walias (Plasencia, 1960), un poeta de dilatada y prestigiosa trayectoria. En él, ahonda en una de las líneas fundamentales de su obra: la recuperación, mediante la poesía, de lo perdido en el tiempo, o, dicho con más exactitud, la recuperación de lo perdido en el tiempo en la poesía. El verso es, pues, pasado resurrecto, reviviscencia de lo extinto, alumbramiento súbito y cordial de lo inalcanzable. W —la brevedad de cuyo título concentra todo el sentido del canto, como un núcleo potentísimo que fuese a explotar, y expandirse, en los poemas— constituye un recorrido doliente, pero también exultante, por los paisajes de la infancia, por los recuerdos familiares, por el mundo inmaculado, pese a sus muchas manchas, del principio de la vida. Y, así, Pérez Walias se dispone, como nos anuncia en el verso que abre el libro, "a saldar cuentas con los ausentes", el primero de los cuales es su abuelo, Roque Pérez Walias, al que le está dedicado. En las 36 composiciones del volumen, asistimos a un despliegue de motivos y evocaciones, que relatan tanto la intrahistoria de una familia como la del país en el que viven: la muerte de Roque en 1946, de tisis; el sufrimiento por eso que los extremeños han dado en llamar, como otros pueblos emigrantes del mundo, la diáspora; el viejo lavadero de lanas, que hoy subsiste, despojado ya de su antigua función, en el museo Vostell; el de un ford negro del 58; la rayuela y el xilófono de la infancia; los seis hermanos que fueron, y las casas y las calles en las que vivieron; el seminario en el que el poeta estudió algunos años; el hospital antituberculoso en Salamanca. Julio César Galán, en un convincente epílogo a W, señala —refiriéndose al anterior poemario de Javier Pérez Walias, Al Qarafa, pero cuya observación puede aplicarse sin extravío a este— que supone un "ejercicio de fosilización del instante por medio de la recuperación de la memoria de sus muertos"Y, si bien es cierto que la poesía de Pérez Walias —como también se demuestra en Otrora (Antología poética 1988-2014)— persigue, en esencia, la conjura de la desaparición de los seres queridos por medio de la palabra poética, "fosilización" tiene una connotación negativa —de inmovilidad, de inexistencia— que no convienen a W. En W, ese recorrido por la memoria se materializa en un lenguaje a la vez depurado y denso, intensamente metafórico, de ecos gamonedianos y mestrianos, que adopta mayoritariamente la forma del versículo, pero que se prolonga a menudo en fragmentos en prosa que configuran prietas narraciones, nunca exentas de temblor lírico. En se funden el realismo y la fabulación, los hechos pedregosos de la existencia y el vuelo de la imaginación, estimulada por el alcaloide del recuerdo. En lo descrito sucede lo  mismo que en cómo se describe: los dos extremos de la experiencia poética, la inmersión en la conciencia y el reconocimiento del mundo, conviven sin discrepancia, dando lugar a una poesía turbulentamente equilibrada, a una vorágine luminosa. Pero interesa subrayar la naturaleza taumatúrgica del lenguaje de Pérez Walias: en la fuerza, en la materialidad ardiente con la que se manifiesta en la página, se cifra su poder retrospectivo, su nueva y desesperada convivencia con los que murieron y desaparecieron. El ejercicio es tan antiguo como necesario: a la vida por la palabra; al amor, otra vez, por la poesía. Transcribo el último poema del libro, "Breve tratado para soterrar el olvido":


Con la certeza del hombre que es capaz de apresar un rabo de nube o un ala de mosca en tiempos de bulas papales,

os digo

que deseo —de todo corazón— que la poesía sea el lecho donde copulen mansas las libélulas, el bosque donde los cascabeles canten como colorines colgados de las ramas con su hueso de oliva en el estómago, que la palabra sea el muro verde de mi niñez por donde los caracoles treparon.

Os digo

que deseo que la poesía sea el patio blanco de la casa donde el lenguaje salte a la comba, el fuego purificador del trompo con su aguijón de pájaro, el cincel sutil del cantero clavado en el postigo de la luna para colgar el espantamoscas, el taparrabo de Lucifer, el sombrero pálido del hombre que cuida de nuestro jardín y de su cáncer.

Os digo

que deseo que la poesía sea el armario sin luna donde los pájaros no cuelguen de las perchas, donde toda la siembra del universo importe —al menos— una semilla de sésamo porque los pensamientos impuros son como algodón dulce.

Os digo

que deseo que la poesía sea el rincón de mi memoria donde se deposite cada noche, antes de entregar mi cuerpo al descanso, la poca fe en la vida que le quedó a mi padre, el aserrín de los anhelos con que mi madre secó las lágrimas de sus últimos años y el desasosiego insolente por la ausencia de los míos.

Y todo esto

os lo digo a vosotros —de todo corazón, y a sabiendas— para que ningún alfiler de luz caiga en el costurero hondo, para que nada, nada de lo que no deba ser olvidado por ninguno de nosotros, se desmorone como se desmorona el amor bajo un cielo cubierto de arena o la brevedad de una violeta en una pequeña tumba junto al mar.