«EL DESIERTO VERDE» 

Mérida, Editora Regional de Extremadura, 2012. 

Eduardo Moga (Barcelona, 1962) es un escritor que se destapa en cada uno de sus libros con la fuerza y la sensibilidad de la escritura más destilada. Es un poeta de raigambre y de copiosos recursos perfectamente asimilados. Cada libro, desde Ángel Mortal (1994) o La luz oída (“Premio Adonáis”,1995), hasta Bajo la piel, los días (2010) supone un reparador bofetón lírico para cualquier lector avezado. Si de algo podemos tildar la relación que establece Eduardo Moga con el lenguaje es de orgásmica en toda regla: sístole y diástole de aquella música de las esferas al servicio de la decantación de la belleza.  Pero la poesía no es el único campo en el que trabaja este autor. Con el paso de los años, ha desarrollado diversas actividades al hilo de lo poético: ha traducido, entre otros, a Frank O´Hara, Charles Bukowski, Ramón Llull o Arthur Rimbaud. Practica, desde el rigor, la crítica literaria, ha sido responsable, como atento lector de sus contemporáneos, de diversas antologías, ha publicado ensayos y ha codirigido  la colección de poesía de DVD Ediciones. No cabe duda de que estamos ante una de las miradas más intensas y ante uno de los poetas que con más delicadeza, mesura e imaginación trata el lenguaje, hasta convertirlo en  pura esencia poética. Su impecable trayectoria a lo largo de décadas y las críticas vertidas sobre su obra así lo avalan sin fisura alguna. Dicho lo cual, sin la complicidad del que contempla la belleza del desierto, cegado —acaso— por su luz o por la sed, no hay engaño posible, ni asombro en el poema. La complicidad del que escucha atento tras las páginas de un libro hay que merecerla y esto lo logra, setenta veces siete y aún más, Eduardo Moga. “El desierto verde”, que apareció por vez primera en selecta edición de El Gato Gris (Valladolid, 2011), con ilustraciones de Santiago Serrano, lo reedita ahora, en cuidada estampa también, la Editora Regional de Extremadura, en su colección de Poesía. Ya en el prólogo del libro, el propio poeta nos advierte de su intención: «”El desierto verde” constituye un homenaje al paisaje extremeño, un paisaje que me rodea —que me inunda, sería más exacto decir— todos los meses de julio desde hace cuatro años. […] “El desierto verde” pretende captar ese paisaje volátil e inmóvil; o, más bien, pretende captar el impacto de ese paisaje en mí: su transformación en lo que yo percibo, que se suma a su propia y pétrea transformación.» Pero demos un paso más hacia la espesura de esta moderna forma de expresión, de esta maniera que podríamos denominar “Barroco del siglo XXI”. “El desierto verde” es un libro orgánico —el autor ha afirmado en numerosas ocasiones que escribe libros, no poemas— y hermoso sobre un paisaje hermoso: está compuesto por catorce estampas íntimas en prosa a las cuales se antepone un poema de corte versal en caligrafía encanecida. Pero el conjunto en absoluto es una  topografía al uso, diría que es una prosopografía del paisaje hilvanada con la nostalgia de lo compartido y con el anhelo de aprehender el presente que huye. Eduardo Moga nos propone, desde el señalado poema pórtico, anclarnos a la pureza sentimental de la tierra con la que convive: Este lugar es blanco, y en ese momento las palabras se empapan de la realidad y de su inocencia. Es así como la luz limpia nos inocula su claridad, ganándole hueco a la sombra, con los primeros rayos de una mañana que se colma de plenitud en un acto de amor revelador. El día, el canto y el amor vienen de la mano del ritmo más prístino. El gallo canta tras la madrugada y en ese hecho reside ufana la negación de la oscuridad y del silencio y en ella encuentra el poeta el remanso feraz de un tiempo sublime como aliento previo al decir. En este sentido sensaciones como la sed, que se hace presente en el poema Sendero de la cuesta y en secuencias como la sequedad impregna los ojos, la sequedad promueve el silencio o las sombras son el silencio de la luz, apuntalan la idea de cierto quietismo, si estado previo a la expresión lírica de aquello de lo que no podemos tener conciencia de ninguna otra manera. Otro rasgo de actualidad es el uso original de referentes que fijan el lenguaje al lugar y su habitantes, hasta conducir al lector hacia otra realidad inédita y asombrosa: Los rayos del sol nos saetean como un enjambre de llagas. Jálama, Los Álamos, 9 o Gata, son topónimos de la Extremadura verde que se dejan ver y tocar y oler por todos los recovecos del libro. Las páginas rezuman el hálito generoso del hombre en medio del tedio, de la felicidad o de la contemplación, pero también en el centro del dolor, porque como dice el poeta catalán: solo el dolor nos ampara. La prosa está al servicio de lo lírico y es reflejo de la  música de las esferas como soporte de la belleza y la percibimos por los cuatro costados. El tratamiento del lenguaje es delicado, se diría que no hay exceso ni merma en ello, aunque pareciera lo contrario por la proliferación de imágenes que nos recuerdan al mejor surrealismo, perfectamente depuradas. El poeta se acerca al lenguaje sin tocarlo apenas, con una tímida aproximación, entre lasciva y pecaminosa, y de ese roce natural, nacen secuencias como El cuerpo de las colinas y su retícula de alcornoques eran mi cuerpo. Por otro lado, la conciencia de existir solo se nombra en el poema y por eso el sujeto lírico escribe: Yo avanzo con la seguridad de lo que perece. Soy un cilindro de turba en la turba ardiente del mundo. Eduardo Moga es un poeta muy exigente con su trabajo de orfebre y, en consecuencia, con sus lectores; este hecho se pone de relieve cuando acarrea multitud de recursos, siendo uno de tantos el uso de tecnicismos, de entre otros campos, el de la medicina, al utilizar colágenos o flujos musculares y reflujos cavernosos; concluyendo que La tarde es una lenta masticación de piedra y las horas se dilatan, esguinzadas por el calor. O cuando utiliza términos relativos a la flora y la fauna como ligustre y espartales o potros, lechuzas y palomas torcaces. El encaje de lo plástico, de lo poéticamente imaginado y sensible, adquiere un valor mayúsculo en fórmulas del tipo profuso como un ciempiés / que atravesara el reflejo de la luna en un charco. Asimismo en la espléndida metáfora geminada y atributiva: La respiración es un ancla silenciosa a cuyo alrededor se extiende la bahía del ser. El lenguaje poético se desdobla, se crece en la brega, se multiplica y florece en imágenes casi imposibles cuando los rayos del sol caen como pámpanos eléctricos o cuando la luz se precipita en tuétanos afilados como bayonetas. La disposición tipográfica en prosa y, por ende, la meticulosa de las significaciones, en la poesía de Eduardo Moga, es otra de sus señas de identidad. Adviértase el uso sobresaliente de los corchetes para dejar constancia de recuerdos: Las puertas de las casas tenían gatera [como ayer observó Teresa, al advertir varias en las calles de Gata], pero también para indicar reflexiones, citas explícitas, etcétera, y todo ello al servicio de irisaciones semánticas que ennoblecen el discurso de lo humano. Poesía pura, conceptismo y culteranismo puros, modernidad a raudales que tiene como fundamento la simple complejidad de la belleza. La interiorización de un paisaje concreto, el de la Sierra de Gata y sus elementos —con lejano sabor noventayochista— se postra al servicio de una huida de lo efímero y de una permanencia en lo trascendente. Este desierto verde posee un corazón que se conmueve al ritmo tenue del tiempo, al ritmo del paisaje y de sus gentes. El paso del tiempo y el poeta son una misma realidad que se combate con la resistencia a lo que no existe por medio del poema. Este singular desierto también está habitado por los recuerdos y en ellos encontramos la verdadera esencia de las cosas. La casa es la morada del ser y el morador acaba siendo un avatar de la piedra, blanca como la ausencia, y de la luz cuyo destino es el instante y, por extensión temporal, la muerte. En definitiva, esta obra de Eduardo Moga rezuma una obscena modernidad. No ya por la mirada tan personal con que nos acerca a las cosas, sino por los materiales de acarreo tan sugerentes y por su peculiar manera de suturarlos. Construye su arquitectura del paisaje, su encofrado poético  sobre la línea de una lírica clásica actualizada, por medio de imágenes arriesgadas y, a la vez, siendo preclaro alarde de la simple complejidad de la belleza. Ahora solo queda que el lector se zambulla, a pulmón libre, en la hondura, en las aguas de las gargantas y en la vegetación lírica de este desierto extremo, dejándose iluminar por la luz de la prosa más lírica.

JAVIER PÉREZ WALIAS

    [Reseña publicada en el nº 50 de “Cuadernos del Matemático”, junio-2013]