LAS MIRÍADAS DEL ODIO
Alonso Guerrero

En sus libros anteriores, Marino González se ha movido en superficies fragmentadas. En cada uno de ellos hemos visto sugerencias, sólo sugerencias de motivos que le han obsesionado. Este tratamiento se repite en Sed. Un punto de vista, una flecha que pasa por los infinitos puntos entre A y B son los que mueven los relatos contenidos en este último libro. El odio es proteico, multiforme, pero su origen se embosca como un partisano y llena de rastros la rutina de la vida. Se manifiesta diariamente, pero no lo vemos. ¿Por qué? Sencillamente porque nos pertenece, porque forma parte de nuestra ceguera. Marino plasma bien este fenómeno en la pregunta más concluyente  de la pieza titulada “Marco Antonio Bruto”: ¿Por qué nadie me da un poco de agua para esta sed? Somos responsables de nuestros odios, porque el origen de todos ellos es la soberbia. La soberbia es un ansia desmedida de excelencia, decía Eric Ambler, tan desmedida que supera la excelencia y, de esa forma, la olvida. Casi todos los personajes que Marino deslíe en estos relatos, trazados con una precisión que descansa más en observar la realidad que meramente en elegir palabras, tienen como interlocutoras a sus propias preguntas. Se trata de un odio montaigneano que no propone atajos al lector, sino una avalancha de síntomas que lo paralizan, como aquel tipo que Papini retrataba en El espejo que huye, al cual le basta dejar al mundo sin movimiento para ver su falta de sentido. Marino ha dejado al odio sin movimiento, sin musculatura, para que lo veamos. La literatura ha trabajado tanto la parte sombría y todopoderosa del odio que se ha olvidado de su patetismo. Aquí se nos presenta esa caricatura, colocada en el portamuestras del microscopio.

            Incurrimos en cada uno de los cuentos sin saber si vamos a encontrar un escenario o un espejo, porque si hay algo común a todos ellos es la cotidianidad, la cinta continua, aunque sea la de Moebius, de sobreentender el odio. “El odio original”, o “Ahora… noche” son marcapáginas en un libro que leemos todos los días de nuestras vidas. Marino se acerca a ese odio en escenarios comunes a todos. Incluso un relato como “Próxima estación, Pacífico” nos parece la crónica de una noticia repetida en televisión casi diariamente. Otros cuentos son ejercicios de originalidad sorprendentes: en “La rama del laurel”, un perro, personaje que raya lo kafkiano, muere ahorcado por su ama en lo que constituye una renovación insólita del mito de Apolo y Dafne.

            En “Carta a la su muy amada esposa” Francisco de Peñaranda, aquel erasmista converso de Llerena y Barcarrota, adquiere tintes miguelhernandianos. Y en “¿Qué puede enviar un hombre solo desde un desierto, sino lágrimas?”, Quevedo, al igual que Virgilio en el libro de Hermann Broch, hace balance de una vida menos seráfica que plutónica. Además, hay tres cuentos narrados con la marca de ritmos orales, de jaculatorias que nos recuerdan tudescos pareados de viejas. Los tres nos remiten a muchos estereotipos que no podemos superar, pues pensamos con ellos, así que acaban convirtiéndose en determinismos. “Odio no ser palabra suficiente”, “De comer al odio” y “Yo, mi, me, conmigo” están construidos como conjuros, como ceremonias de vudú íntimamente imbricadas en lo que cada hombre es.

            Quizá sea “Marco Antonio Bruto” la pieza que mejor nos muestra los caminos involuntarios del odio. Producto de esa falta de voluntad es, a veces, su propia justificación. El fin se confunde con los medios, el odio surge de la soberbia y, a menudo, de la admiración, por ello Bruto, el hijastro que asesinó a César, es capaz de convencer de la necesidad de cometer el crimen a quien más lo admira, Marco Antonio. Todo es una ceremonia de la impotencia.

            La narrativa contemporánea tiende a resignar los grandes temas, pero Marino González los amplifica desperdigándolos en la miríada de elementos esenciales y variables que son estos cuentos. Son, sobre todo, apuntes inmotivados, pinceladas y puntos de vista. El lector salta de un trapecio a otro, aunque para ello tenga que  soltar una barra y tomar la siguiente. Es difícil no sentirse vivo en ese arriesgado movimiento. Lo que dice Bruto, o lo que piensa un simple perro antes de morir, queda cincelado en este libro con las mismas palabras con que declararíamos que no somos felices.