White Noise II

A la belleza se llega por los poros. A la armonía se llega, asimismo, por la energía incandescente de las pupilas, por los respiraderos del alma y por los dedos de las manos que abrazan   instrumentos. A la belleza, a la armonía,  se acude como quien acude a una cita a ciegas bajo la lluvia y comprueba que una vez en el centro del abismo, en el centro del lienzo o de la tabla, en el lugar cero, junto al silencio dinamitado por la espera, acontece el estertor incomprensible de lo humano que nos salva por un instante de la desidia de este mundo:

Lo difícil es hacer las preguntas: rozar límites ante un rostro con mordaza, ante una mochila sin espaldas; ante una silla vacía; junto a unos zapatos desnudos a la intemperie (sin ataduras); ante unas raíces dibujadas a lápiz que crecen hasta el fondo en erupción de la consciencia y ante unos cordones desatados, que huyen, como lágrimas de pájaro, por la nieve de todas las cartografías y de todas las baldosas. Lo difícil es hacer las preguntas: rozar límites para que el cobijo del hombre con cabeza de pájaro, que viajó hasta el limbo de las piedras de la locura, hasta la felicidad o el sufrimiento o la combustión, no sea  sino una línea muy frágil de sangre que se multiplica bajo la lengua glaciar de nuestra memoria, o un nudo de bambú marcándonos el camino en medio del jardín del unicornio.


Cuando el escarabajo atravesó con su cuerno de grafito, por primera vez, el umbral verde de mi casa, el día dejó atrás para siempre el invierno, y el latido de las nubes comenzó a dibujarse como una piedra y la piedra bebió del fruto de las espigas machacadas en los campos sin alambres, y se empapó del fruto del trigo en los campos sin amapolas. Fue entonces cuando el escarabajo azabache derramó su tuétano circular sobre el fragor ciego de los huesos, creando, como un dios, sobre las paredes desnudas de mi casa, texturas, formas y tendones.

En la orilla del ruido, desde la lejanía blanca de la luz, nos vigila un cuervo.

En mis ojos, se han encendido luces de gálibo para las tinieblas, bujías y madera de cristal para las tinieblas, carburos y dinamos. Todo dispuesto así para arrojar luz de color negro sobre el rostro desnudo de este hombre que ahora os mira.

©jpw