Era verano, probablemente de 1965


Aún nos aguardaba algún tiempo de infancia en gama de grises, e incluso algunos años, diría yo, conviviendo, mano a mano, con el mayor de los contrastes en blanco y negro. Eran años en los que el café tenía el aroma tostado de la cebada, en los que el refresco era regaliz como la zarzaparrilla y en los que la mayoría de los niños tomábamos leche de calcio, vestíamos camisas blancas y calzábamos sandalias encaladas de Kanfort en las mañanas de domingo y fiestas de guardar. Aún nos esperaba algún tiempo de niñez antes de que llegaran el café con leche y las bolluelas, el frescor del atardecer bebiendo Mirinda de naranja en la pista Avenida, o las películas en tecnicolor, cayendo ya la noche, y el fresco, en el cine de verano por unas pesetas. Mis tías, “Feli” y “la Mona”; y mi madre, Cecilia, se afanaban en meternos bien los jarapales, en acicalarnos ―de acuerdo con lo que los dineros de la época permitían― para la ocasión. Lograron, después de varios intentos, ordenarnos por edad delante de  aquellas tres patas de madera, que mirásemos hacia no se sabe bien qué objetivo, que nos mantuviéramos, por un instante siquiera, quietos en el tiempo. Un fotógrafo, enfrente, vestido con blusón negro y boina gris, de los de cámara antigua con fuelle, fijó esta instantánea, imborrable ya para siempre, en mi memoria de niño. Y al cabo de unos días, bajo la cálida luz del cuarto oscuro, la mirada melancólica de aquel fotógrafo se había convertido, por el tacto revelador del líquido mágico sobre el papel, en este retrato de ausencias. Detrás, la ciudad vieja: la fuente de piedra, de la que algunos decían, que en su bola del mundo, todas las mañanas, los operarios del Ayuntamiento ponían barras de hielo para enfriar el agua que manaba por sus caños de cobre. Al fondo, el palacio de los Marqueses de Mirabel; el vetusto buzón de Correos, más abajo; la calle Ancha; el puesto del “chochero” y la Puerta de Coria; y allí, junto al mismo arco de la Puerta de Coria, la que fuera mi casa. Delante de aquel fotógrafo, de aquel armatoste con patas de madera, en primera línea, quedó fijado, para siempre, este xilófono de la vida, esta escala del tiempo. Era verano, probablemente de 1965.

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