Javier Pérez Walias

El cuaderno de la ceniza

Me llegan, por consideración de Nacho Gónzález, poeta asturiano de largo periplo —desconocido para mí hasta hace unos días, y al que descubrí gracias al blog “Perros en la playa” de Jordi Doce—, no por correo virtual, sino por correo ordinario, dos entregas en forma de plaquette —una doble—, de las que más me agradan.  A decir verdad, porque se trata de poesía “poesía”, amasada con las manos limpias del lenguaje y el transcurrir lento de la existencia. Tanto en la exquisita edición de “Contra la oscuridad” (Cuadernos del Bandolero, 9), publicada ya en el lejano 2003 —que alberga sendos cuadernos: “De entre las ascuas”, de José Carlos Díaz (Gijón, 1962) y “El libro de las horas” de Juan Ignacio González (Seana, Mieres, 1960)—, como en “El cuaderno de la ceniza” (Gijón, 2013), del ya citado Nacho González, editado por CUADERNOS “Heracles y Nosotros”, haciendo este el nº 10 de la serie y el primero de su segunda época, prevalece el gusto por el canto, por la palabra precisa y por el esmero delicado en la composición. Un obsequio impagable, sin duda, al tratarse de dos hermosas ediciones, de tirada reducida, y que da muestra de la generosidad del poeta y de su empeño por compartir. Desde aquí, mi múltiple agradecimiento: He disfrutado, con todos los sentidos, de la lectura y recupero aquí uno, podrían ser muchos más, de los poemas, en esta tarde cuyo cielo es ya de lírica ceniza.

                                                                                                                                                                  

                          

                         PEQUEÑA FLOR DE EXILIOS

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  • Londres en 3 Imágenes

     

     

     

     

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  • Caligramas de Calvo Galán

    Acuso recibo, desde aquí, de los CALIGRAMAS que me envía mi amigo, el poeta y artista visual, Agustín Calvo Galán. Gracias. Son una hermosa manera de felicitar estas fiestas que ya se nos echan encima, también por estas frías latitudes. Gran dosis de creatividad y rigor estético rezuman estos "poemas caligramáticos", editados con sensibilidad y pericia artesanal. Os dejo un par de ejemplos, uno de ellos elegido de forma interesada. No doy más explicaciones. Gracias una vez más, Agustín, y Feliz 2014.

     
             

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  • francisco fuentes / un relato


    —Entonces, el hombre que doblaba las rodillas hacia el sitio que no era atravesó el estudio y se sentó en mi silla transparente. Se subió encima y se plegó sobre sí mismo de una forma tan jodida que era imposible no quererle. Parecía un insecto aplastado. O un perro aplastado. O yo qué sé. Fuera lo que fuera, no daba la sensación de que pudiera vivir mucho más si no venía alguien pronto. Tenía las piernas secas como una catedral y le crujían las rodillas al caminar. Era como si le hubieran forrado de piel los huesos. Sin músculo. Sin carne. Nada. Pensé que quizá debería haberlo visto el pretencioso de J. e intentado explicar por qué cojones se movía aquel hombre y, sobre todo, cómo se mantenía en pie sin quebrarse. Seguro que hubiera dicho algo así como "claro, déjame tu correo y mañana te lo mando bien redactado". Y una mierda. Lo que pasa es que no sabes la solución y no tienes la más mínima intención de admitirlo. Los arquitectos son todos iguales. Y son así con el resto de cosas de su vida. Buscan la respuesta a escondidas y luego fingen un ataque de lucidez. Recuerdo que en aquella época yo no acababa de explicarme como mi ex mujer aún aguantaba el tirón con aquel snob. Aunque si en algún momento la hubiera entendido, ahora estaríamos juntos y yo tendría que vivir en una de esas horribles casas de campo. Puede que incluso me hubiera obligado a comprar una estúpida secadora de ropa. Una máquina que hace lo mismo que el aire, gran invento. Así que mejor dejar las cosas como están. ¿Sabes? Una vez vi los dibujos de J. Se los había regalado a mi hijo después de su operación y era como si todos estuvieran a medio hacer. Como comprenderás, en aquel momento yo no dije ni una palabra buena sobre ellos, pero debo reconocer que un poco sí que me rozaron. Con el tiempo me he ido dando cuenta de que la belleza suele estar en las cosas inacabadas. También en las cosas a medio destruir. Es posible que sea porque en realidad un dibujo a medio hacer no es un boceto de un un edificio o una calle o un coche. Quiero decir que realmente no estás dibujando una cosa a medias. En el fondo lo que estás dibujando es el tiempo. De alguna manera las cosas incompletas son la figuración del tiempo. Y quizá de ahí la tristeza que aquellos dibujos me provocaban. Aunque ese es otro tema. El caso es que el hombre que doblaba las rodillas como un saltamontes había llegado al estudio y lo había llenado todo de sí mismo en apenas unos segundos. Se puede decir que yo prácticamente no le conocía. Le había visto por primera vez un par de días antes en el Parque del Oeste, donde trabajaba limpiando estatuas. Llevaba una mochila y caminaba —si es que a aquello se le podía llamar caminar— de una figura a otra disparando agua a presión. Imaginé que habría acabado en Madrid igual que el resto de nosotros, pensando que esta ciudad se parecía más a Nueva York, y que al final se había quedado porque ya estaba aquí. Nada más. A mí me sucedió algo parecido los primeros años, pero ya se me había pasado. En ese momento yo andaba enamorado de todo esto, de las calles, y de lo bonita que es esta ciudad de noche, ya sabes, el aire frío, las luces y eso. Aunque también es cierto que necesitaba estarlo. Este lugar me permitía creer que aún podía hacer algo enorme con el resto de mi vida. Mirase donde mirase yo sentía que algo estaba a punto de explotar. Y caminaba por la calle como si fuera una estrella. Total, nadie me conocía. No sé si alguna vez te lo he dicho, pero la mayoría de la gente piensa que a las estrellas se las distingue por la ropa y eso no es así. O no del todo. Quiero decir que cualquier muerto de hambre lleva gafas de sol, ¿o no? Lo que hay que hacer es caminar como si fueras sobre un cable. Como si hicieras equilibrio todo el rato —me levanto y camino por la línea de las baldosas para que ella entienda mi punto de vista— y mirar hacia abajo como si estuvieras a punto de caer. […]

                  Para seguir leyendo: LAS RAZONES DEL AVIADOR

                                                                          

    francisco fuentes (Plasencia, 1985) ha escrito los libros de poemas Tierra, territorio, casa (Sevilla, 2006. Premio La Mano Vegetal) y Setenta y cuatro días sin mí (Mérida, 2012. Editora Regional de Extremadura), que posteriormente resultó finalista del premio Ausiàs March al mejor poemario publicado en España en 2012.  Fue finalista del Certamen “Arte Joven” de la Comunidad de Madrid en el año 2005 y ganador del Premio “Aenigma” de poesía breve en 2007 (Telde). Ha participado en la iniciativa “Encontrarte” (Plasencia, 2006) y en su edición de 2011, para la cual se publicó un Cuaderno-Antología, La Plaga Lírica, de la que formó parte y diseñó la portada. Como artista plástico ha llevado a cabo diversas intervenciones urbanas, siempre con un fuerte componente lírico.

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  • CANTOS : &: UCRONÍAS

    Miguel Ángel Muñoz Sanjuán
    Calambur Poesía, 138. 90 p. 14 x 22,5 cm.

    ISBN: 978-84-8359-258-8
    PVP: 10 €

    Cantos : & : Ucronías es un sorprendente ejercicio de escritura que desafía a la costumbre y a la corrección discursiva. Textos que asumen la perturbación del lenguaje ante lo irreal y las posibilidades significativas de la palabra. Poesía intuida como destino y razón de su propio saber, una radical activación de las utopías del conocimiento con la que el autor prosigue su apasionante deconstrucción crítica del enigma y los límites del lenguaje. Un libro donde la memoria de lo lingüístico habla de lo ausente, permutaciones entre la semántica y lo ortográfico como prefiguración de los textos de cultura, poemas en diálogo con lo premonitorio de las ensoñaciones y la gramática generativa de nuevos imaginarios. Signos de una descentralización que en su voluntad abstracta otorgan naturaleza a la duda, abren grietas en el muro de la pesadumbre realista y ofrecen una consciente resistencia ante los utilitarismos de lo banal. Una poética imprescindible en tiempos de desamparo, el testimonio de la conciencia contemporánea ante la transformación de sus ruinas y los significados del porvenir.

    Juan Carlos Mestre

     
    Miguel Ángel Muñoz Sanjuán (Madrid, 1961) es autor de los poemarios Una extraña tormenta (1992), Las fronteras (2001), Cartas consulares (2007) y Los dialectos del éxodo (2007). Ha sido incluido en Poesía Experimental Española (Antología incompleta) (2012). Fundó y dirigió la colección de poesía Abraxas (1989). Ha participado en diferentes ediciones de poesía, prosa y ensayo: e.e. cummings, Buffalo Bill ha muerto (Antología poética 1910-1962) (1996); R. Pérez Estrada, La palabra destino (2001); El universo está en la noche (2006), poesía, mitos y leyendas mesoamericanos; E. Gil y Carrasco, El señor de Bembibre (2004); y O. Mandelstam, Sobre la naturaleza de la palabra y otros ensayos (2005).

     

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  • CUADERNO ÁTICO

    Revista de Poesía

    Acaba de aprecer el nº 2 de CUADERNO ÁTICO, nos llega de la mano de su director, el poeta y traductor Juan Manuel Macías. No hay duda de que estamos ante una de las publicaciones más cuidadas y pulcras del llamado ciberespacio. Cuidada por dentro y por fuera, sobria, diáfana, estéticamente impecable. Inconfundible. Todo invita a la lectura en esta entrega de otoño. Todo invita, en este Cuaderno Ático, a la lectura de la más alta poesía. Gracias y larga vida.

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  • «EL DESIERTO VERDE» 

    Mérida, Editora Regional de Extremadura, 2012. 

    Eduardo Moga (Barcelona, 1962) es un escritor que se destapa en cada uno de sus libros con la fuerza y la sensibilidad de la escritura más destilada. Es un poeta de raigambre y de copiosos recursos perfectamente asimilados. Cada libro, desde Ángel Mortal (1994) o La luz oída (“Premio Adonáis”,1995), hasta Bajo la piel, los días (2010) supone un reparador bofetón lírico para cualquier lector avezado. Si de algo podemos tildar la relación que establece Eduardo Moga con el lenguaje es de orgásmica en toda regla: sístole y diástole de aquella música de las esferas al servicio de la decantación de la belleza.  Pero la poesía no es el único campo en el que trabaja este autor. Con el paso de los años, ha desarrollado diversas actividades al hilo de lo poético: ha traducido, entre otros, a Frank O´Hara, Charles Bukowski, Ramón Llull o Arthur Rimbaud. Practica, desde el rigor, la crítica literaria, ha sido responsable, como atento lector de sus contemporáneos, de diversas antologías, ha publicado ensayos y ha codirigido  la colección de poesía de DVD Ediciones. No cabe duda de que estamos ante una de las miradas más intensas y ante uno de los poetas que con más delicadeza, mesura e imaginación trata el lenguaje, hasta convertirlo en  pura esencia poética. Su impecable trayectoria a lo largo de décadas y las críticas vertidas sobre su obra así lo avalan sin fisura alguna. Dicho lo cual, sin la complicidad del que contempla la belleza del desierto, cegado —acaso— por su luz o por la sed, no hay engaño posible, ni asombro en el poema. La complicidad del que escucha atento tras las páginas de un libro hay que merecerla y esto lo logra, setenta veces siete y aún más, Eduardo Moga. “El desierto verde”, que apareció por vez primera en selecta edición de El Gato Gris (Valladolid, 2011), con ilustraciones de Santiago Serrano, lo reedita ahora, en cuidada estampa también, la Editora Regional de Extremadura, en su colección de Poesía. Ya en el prólogo del libro, el propio poeta nos advierte de su intención: «”El desierto verde” constituye un homenaje al paisaje extremeño, un paisaje que me rodea —que me inunda, sería más exacto decir— todos los meses de julio desde hace cuatro años. […] “El desierto verde” pretende captar ese paisaje volátil e inmóvil; o, más bien, pretende captar el impacto de ese paisaje en mí: su transformación en lo que yo percibo, que se suma a su propia y pétrea transformación.» Pero demos un paso más hacia la espesura de esta moderna forma de expresión, de esta maniera que podríamos denominar “Barroco del siglo XXI”. “El desierto verde” es un libro orgánico —el autor ha afirmado en numerosas ocasiones que escribe libros, no poemas— y hermoso sobre un paisaje hermoso: está compuesto por catorce estampas íntimas en prosa a las cuales se antepone un poema de corte versal en caligrafía encanecida. Pero el conjunto en absoluto es una  topografía al uso, diría que es una prosopografía del paisaje hilvanada con la nostalgia de lo compartido y con el anhelo de aprehender el presente que huye. Eduardo Moga nos propone, desde el señalado poema pórtico, anclarnos a la pureza sentimental de la tierra con la que convive: Este lugar es blanco, y en ese momento las palabras se empapan de la realidad y de su inocencia. Es así como la luz limpia nos inocula su claridad, ganándole hueco a la sombra, con los primeros rayos de una mañana que se colma de plenitud en un acto de amor revelador. El día, el canto y el amor vienen de la mano del ritmo más prístino. El gallo canta tras la madrugada y en ese hecho reside ufana la negación de la oscuridad y del silencio y en ella encuentra el poeta el remanso feraz de un tiempo sublime como aliento previo al decir. En este sentido sensaciones como la sed, que se hace presente en el poema Sendero de la cuesta y en secuencias como la sequedad impregna los ojos, la sequedad promueve el silencio o las sombras son el silencio de la luz, apuntalan la idea de cierto quietismo, si estado previo a la expresión lírica de aquello de lo que no podemos tener conciencia de ninguna otra manera. Otro rasgo de actualidad es el uso original de referentes que fijan el lenguaje al lugar y su habitantes, hasta conducir al lector hacia otra realidad inédita y asombrosa: Los rayos del sol nos saetean como un enjambre de llagas. Jálama, Los Álamos, 9 o Gata, son topónimos de la Extremadura verde que se dejan ver y tocar y oler por todos los recovecos del libro. Las páginas rezuman el hálito generoso del hombre en medio del tedio, de la felicidad o de la contemplación, pero también en el centro del dolor, porque como dice el poeta catalán: solo el dolor nos ampara. La prosa está al servicio de lo lírico y es reflejo de la  música de las esferas como soporte de la belleza y la percibimos por los cuatro costados. El tratamiento del lenguaje es delicado, se diría que no hay exceso ni merma en ello, aunque pareciera lo contrario por la proliferación de imágenes que nos recuerdan al mejor surrealismo, perfectamente depuradas. El poeta se acerca al lenguaje sin tocarlo apenas, con una tímida aproximación, entre lasciva y pecaminosa, y de ese roce natural, nacen secuencias como El cuerpo de las colinas y su retícula de alcornoques eran mi cuerpo. Por otro lado, la conciencia de existir solo se nombra en el poema y por eso el sujeto lírico escribe: Yo avanzo con la seguridad de lo que perece. Soy un cilindro de turba en la turba ardiente del mundo. Eduardo Moga es un poeta muy exigente con su trabajo de orfebre y, en consecuencia, con sus lectores; este hecho se pone de relieve cuando acarrea multitud de recursos, siendo uno de tantos el uso de tecnicismos, de entre otros campos, el de la medicina, al utilizar colágenos o flujos musculares y reflujos cavernosos; concluyendo que La tarde es una lenta masticación de piedra y las horas se dilatan, esguinzadas por el calor. O cuando utiliza términos relativos a la flora y la fauna como ligustre y espartales o potros, lechuzas y palomas torcaces. El encaje de lo plástico, de lo poéticamente imaginado y sensible, adquiere un valor mayúsculo en fórmulas del tipo profuso como un ciempiés / que atravesara el reflejo de la luna en un charco. Asimismo en la espléndida metáfora geminada y atributiva: La respiración es un ancla silenciosa a cuyo alrededor se extiende la bahía del ser. El lenguaje poético se desdobla, se crece en la brega, se multiplica y florece en imágenes casi imposibles cuando los rayos del sol caen como pámpanos eléctricos o cuando la luz se precipita en tuétanos afilados como bayonetas. La disposición tipográfica en prosa y, por ende, la meticulosa de las significaciones, en la poesía de Eduardo Moga, es otra de sus señas de identidad. Adviértase el uso sobresaliente de los corchetes para dejar constancia de recuerdos: Las puertas de las casas tenían gatera [como ayer observó Teresa, al advertir varias en las calles de Gata], pero también para indicar reflexiones, citas explícitas, etcétera, y todo ello al servicio de irisaciones semánticas que ennoblecen el discurso de lo humano. Poesía pura, conceptismo y culteranismo puros, modernidad a raudales que tiene como fundamento la simple complejidad de la belleza. La interiorización de un paisaje concreto, el de la Sierra de Gata y sus elementos —con lejano sabor noventayochista— se postra al servicio de una huida de lo efímero y de una permanencia en lo trascendente. Este desierto verde posee un corazón que se conmueve al ritmo tenue del tiempo, al ritmo del paisaje y de sus gentes. El paso del tiempo y el poeta son una misma realidad que se combate con la resistencia a lo que no existe por medio del poema. Este singular desierto también está habitado por los recuerdos y en ellos encontramos la verdadera esencia de las cosas. La casa es la morada del ser y el morador acaba siendo un avatar de la piedra, blanca como la ausencia, y de la luz cuyo destino es el instante y, por extensión temporal, la muerte. En definitiva, esta obra de Eduardo Moga rezuma una obscena modernidad. No ya por la mirada tan personal con que nos acerca a las cosas, sino por los materiales de acarreo tan sugerentes y por su peculiar manera de suturarlos. Construye su arquitectura del paisaje, su encofrado poético  sobre la línea de una lírica clásica actualizada, por medio de imágenes arriesgadas y, a la vez, siendo preclaro alarde de la simple complejidad de la belleza. Ahora solo queda que el lector se zambulla, a pulmón libre, en la hondura, en las aguas de las gargantas y en la vegetación lírica de este desierto extremo, dejándose iluminar por la luz de la prosa más lírica.

    JAVIER PÉREZ WALIAS

        [Reseña publicada en el nº 50 de “Cuadernos del Matemático”, junio-2013]

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  • EROS

    “La estatuilla de Eros apuntándoles al corazón en Piccadilly Circus.”

     Corónicas de Ingalaterra (Eduardo Moga)

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  • Con Eduardo Moga por Londres

    Acabamos de regresar de un paseo extrañador por la ciudad de Londres. Invitados por Eduardo Moga y su mujer, Ángeles, hemos disfrutado de unos días en verdad maravillosos bajo el cielo gris de una ciudad sorprendente. A orillas del Támesis, vigilados por las monumentales chimeneas de Battersea, ha crecido la amistad como crecen las aguas del río cada atardecer frente a este rincón ciertamente acogedor. Eduardo acaba de inaugurar un espacio en Internet, una ventana por donde nos llegará el aire puro de su literatura londinense. Lo ha denominado Corónicas de Ingalaterra. Blog de Eduardo Moga. El enlace para leer ya las primeras entradas es eduardomoga.blogspot.co.uk/ Espero que lo disfrutéis tanto como nosotros hemos disfrutado estos días con ellos.

    lunes, 9 de septiembre de 2013

    Walias

    Nos visitan Javier Pérez Walias y su mujer, Teresa. Es la primera vez que vienen a Londres, y les envidio por ello: aún recuerdo la confusión y el deslumbramiento con el que yo descubrí la ciudad, con 16 años, en 1979. También ellos -que esperaban ver el Big Ben, el Parlamento, la Torre de Londres y la estatuilla de Eros apuntándoles al corazón en Piccadilly Circus- han reeditado esos sentimientos inaugurales ante la floración de rascacielos inverosímiles que jalonan la capital, y que configuran un conjunto abigarrado, pero nunca desagradable: una inmensa mampara de cristal, perteneciente a un nuevo edificio, puede prolongar hasta casi el cenit una fachada tudor o el pórtico historiado de una iglesia anglicana; o una cúpula de aluminio puede superponerse, en un resquicio que se abre de pronto entre edificios, a otra de mármol. Ambos tienen la sensación -y nosotros con ellos- de que, en cada rincón, a cada vuelta de la esquina, espera algo inesperado, en perturbadora mezcolanza: una escultura, una réplica del barco del pirata -aquí héroe- Drake, un tiovivo decimonónico, una casa de Norman Foster, un restaurante de las islas Fiyi. Antes de venir, Javier me envió el manuscrito de su último poemario, W. El título augura un libro biográfico y sustancial; y lo es. Javer ha escrito, hasta hoy, una obra enteriza, labrada con oficio admirable, de filiación realista, pero nunca desatenta a las solicitaciones de la imaginación. Esta nueva obra, inédita todavía, lo ratifica en esa línea de contemplación de lo humano desde una atalaya íntima y musical. Hoy él y Teresa han vuelto a casa, con la luminosa grisura del Támesis todavía en los ojos. 

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  • Setenta y cuatro días sin mí (ERE) del placentino Francisco Fuentes ha sido finalista en el "Premio Ausiás March" al mejor poemario de 2012, junto a "La bicicleta del panadero" de Juan Carlos Mestre, "Topología" de Alejandro Cáspedes, "Ruido blanco" de Raúl Quinto y "Desmemoria" de Angélica Morales. Resultando ganador el chileno Raúl Zurita con su poemario "Zurita" y accésit Antonio Gamoneda con "Canción erronea".

    Francisco Fuentes. Setenta y cuatro días sin mí. Editora Regional de Extremadura

     

    Uno de los dos sleeper del año. Uno de esos secretos de poesía por los que vale la pena todo el esfuerzo de lectura y una de las dos razones por las que existía esta página: sacar de la oscuridad autores que, por no ser mediáticos, vivir en provincias o no aparecer en las revistas o festivales, son ignorados. He aquí un libro que vale la pena. Quienes votaron a Fuentes señalan su profundidad lírica. Fuentes tiene capacidad para, con una sencillez engañosa, llegar lejos en su comunicación. Es un autor dotado de una gran sensibilidad poética  El poeta tiene capacidad para acercarse al enigma poético, a la transcendencia de la poesía y la existencia. Quienes no han votado por el libro están de acuerdo con lo dicho anteriormente pero tienen varias objeciones. En primer lugar, el nivel de los poemas es irregular, especialmente en su mitad, donde la calidad de los poemas baja con respecto a los primeros y últimos. Para un libro tan breve como es éste, se requiere un nivel excelente en todos los poemas. Al margen de alguna pequeña pero obvia intertextualidad no señalada, sería deseable un mayor número de poemas para ayudar a configurar el poemario y eliminar algunos que rompen con el tono del libro ("te voy a hacer un vestido…" por poner un ejemplo). El colectivo en su conjunto reconocen la gran calidad del libro. El autor es joven y tiene tiempo. Que no tenga prisa y que conserve la mirada. (Colectivo "Addison de Witt).

     

          Francisco Fuentes presentando "Setenta y cuatro días sin mí" en Plasencia y noviembre de 2012.

     

    Para más información: criticadepoesia.blogspot.com.es/

     

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