En algún rincón del ciberespacio, leí algo así como que los comentarios escritos sobre libros que ya llevan un tiempo (años incluso) circulando entre los lectores, suelen ser más sesudos, clarificadores y certeros que aquellos otros que se escriben al hilo de la urgencia o de lo circunstancial. No le falta razón a quien esto afirma, aunque hay palmarias excepciones. La cuestión, a mi modo de ver, es que, en ocasiones las reseñas que nos queman entre los dedos, responden más a un planteamiento seudoliterario, a una práctica onanista y boomerang, que a la encomiable necesidad de dar a conocer obras que realmente merecen la pena ser difundidas; a que en el momento en que vivimos concedemos un plus absurdo al putrefacto factor clínex y a que confundimos, con más frecuencia de lo deseable, quizás por impericia lectora, lo que es una simple noticia, crónica o chismorreo, con la crítica literaria fundamentada en el rico caudal de los grandes maestros del género. Esta actividad, la de comentarista de libros, tan al uso, debe cimentarse en el conocimiento de las entretelas estilísticas de los textos (incluidos los denominados eclécticos o alternativos), en el talento analítico y crítico del que escribe y en el rigor en cuanto a la aplicación del método elegido. Incluso puedo admitir que es hasta saludable un punto de intuición, de subjetividad y de afecto. Aunque solo un punto. Pero ya se sabe, en un buen número de casos, quod natura non dat, Salmantica non praestat. Y en consecuencia, el lector confiado se ve expuesto a una suerte de maltrato intelectual, a que le hagan confundir un culo con unas témporas y la pura poesía con el “pegolá” de la literatura. Por el contrario, el autor del libro reseñado (infeliz) dormirá a pierna suelta por el simple hecho de que corazón que no siente, ojos que deberían ser operados de cataratas. Si algo nos ha traído este statu quo selvático de la información ciberespacial que nos atrapa con sus lianas, es una avalancha de gritos tarzanescos, de dimes y diretes, un totum revolutum que exige, cuanto menos, agudizar nuestro ingenio, nuestra aguja de navegar, para separar el grano de la paja (mental). Aunque, dicho sea de paso, el que esté libre de este pecadillo perdonable que arroje la primera piedra. No seré yo.

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