Largueza del instante, Javier Pérez Walias

Sala Región. León, jueves 1 de octubre de 2009

      

  De izquierda a derecha, el poeta Víctor M. Díez, Javier Pérez Walias, Jesús Celis y Carmen Rodríguez

 

Querría dar cuatro pinceladas sobre mi lectura del libro Largueza del instante, de Javier Pérez Walias, que hoy ve la luz, para animar a los futuros lectores a acercarse a él. Abrir un libro de poemas es abrir una puerta al edificio de la poesía. Antonio Gamoneda suele insistir en que la verdadera poesía no es literatura. Que la poesía no es un mero género de escritura. Si no que es, y ha de ser, una herida abierta en el vivir y que su poder de evocación y de verdad surge de la vida, y es vida en sí misma o no es nada.

 

Largueza del instante es, en ese sentido, a mi parecer, un itinerario que ajusta sus límites entre “el comienzo de un tiempo pretérito” y “el final de un tiempo presente”. Haz y envés, alfa y omega, principio y fin que resume, en una misma cita de Juan Ramón, la redondez de su transcurso: “No soy presente sólo, sino fuga raudal de cabo a fin”. El tiempo pende entre estos dos postes y su lenguaje son los ropajes, las telas, las horas, la vida que se seca al aire, que se aventa o se remansa, que se moja bajo una lluvia de gritos y murmullos, que se anuda y se retuerce en el dolor; o que brilla en la calma de un sol sereno.

Es un tiempo que nos enferma, este tiempo. Por eso hacemos el equipaje (acumulamos para la huida), en medio de esa sensación de estar y no estar, leemos: “Me ausento. / Huyo como huye la espuma / hacia el profundo exilio de las playas en los océanos, / hacia las fronteras de tu nombre descosido, / mojado y triste…”. El protagonista de este viaje va desgranando sus asfixiantes deseos de huida. Enumero algunos, como: Avanzo, recorro, sin detenerme nunca… Pero, quien así escapa, se da cuenta de que es una imagen en movimiento sobre un fondo estático, plano. Tiene la extraña y tibia sensación de estar y no. Porque, en palabras del poeta Miguel Suárez, “Estar cuesta” y uno se aferra como un naufrago a los tablones. Leo: “Han ido llegándome los restos de este paisaje / como llegan los amigos”. Se quiere, por ejemplo, pensar que un bodegón no es una naturaleza muerta:

“La noche nos acaricia con su travelling a cámara lenta”. Se percibe la claridad como una cárcel y se va llegando a las regiones más seguras, a las casas de los amigos, “donde la luz / gotea / aun por los tejados”. Y en esa paz descansamos y somos, como en el verso rescatado por José Miguel Ullán: “El caminante enfermo que se enamoró donde fue hospedado”.

Sí, “ha llegado, entonces, el momento de alargar este instante”. Pero esa elongación que puede entenderse como placidez, afirmados en el dulce balanceo de la vida amada, puede convertirse en la siguiente estación en puro esguince del alma, en corazón dislocado por lo de afuera. Al enfrentarnos, a pecho descubierto, al sucio bullicio, al murmullo incesante del mundo. “Ahora me confirmo en que todo el mundo anda al revés y todo cuanto hay en él es a la trocada”. Esta cita de Baltasar Gracián que abre la tercera parte del libro, nos avisa de que no es nuevo ese tópico de que “al mundo le falta un tornillo”, por decirlo con palabras de tango.

Todo viajero se ve obligado a la elección, qué tren he de tomar, qué camino he de seguir al llegar a una bifurcación. He de volver o he de seguir. Soy aquél que un día emprendió la marcha o aquél desconocido que me espera al otro lado… “Elegí, / obligado por el murmullo del mundo y por mi silencio, poder decir lo que ahora digo con las palabras.” Sí, las palabras son la conciencia, la herramienta mágica. Pero quién soy yo o, mejor, quiénes somos ese yo. El poeta se eleva como un pájaro y se ve a sí mismo desde las terrazas. Toma conciencia de que es un ser fragmentario ante el mundo: “Tu perfil es el perfil de cuantos te habitan y ningún hombre ignora”. Es el lugareño, el extranjero y el apátrida, tus imágenes aparecen por un laberinto, te ve un rostro oculto que pasa.

Somos “un niño con ojos grandes, con ojos grandes y abiertos” asombrados ante la estulticia que habita “en los abrevaderos / donde bebe la multitud que vomita”. Que mira con deseo a una niña que canta en la puerta principal de la ciudad vieja y escucha dócil a la anciana mujer con pañuelo. El mundo es una palabra extraña que nos expulsa con frío de su seno. Soñamos ser aquél niño perdido en la ciudad de Praga, escondido en el exotismo de los nombres, en el refugio del cementerio judío, bajo los puentes, en las torres, en las islas que oculta el río…

Se dice por ahí que hasta un reloj parado tiene razón, al menos, dos veces al día. Pero el tiempo del que aquí se nos habla es más engañoso que un viejo reloj en desuso. La vida es un falso movimiento, una sombra que se persigue a sí misma. El tiempo no transcurre, nos golpea en los talones con su vara de fresno. Y así, todos somos capaces de un sencillo deseo, de una esperanza compartida. “A partir de ahora, enfermo ya de melancolía, nos confiesa el autor, quisiera tomarme mi tiempo igual que se toma un té a las cinco en punto, pero de la madrugada.”

© Víctor M. Díez