ENTORNO POÉTICO
25 Nov

Largueza del instante
(Premio XVII Bienal de Poesía "Provincia de León", 2008)
("Provincia" Colección de Poesía, nº 143. Instituto Leonés de Cultura de la Excma. Diputación de León, León, 2009).
Algunos poemas de este libro …
No soy presente sólo, sino fuga raudal de cabo a fin.
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ
En el principio, alejados del murmullo del mundo,
apenas éramos la ausencia.
Un ventanal abierto hacia la nada,
un jardín celeste.
Un bosque de pájaros entre la cal líquida y nuestros ojos.
Y ante nuestros ojos todo el movimiento del agua,
todo el sonido
por los umbrales diminutos de las horas crueles,
desangrándose por los desfiladeros
y por los lagos
como un péndulo que no conoce el sosiego ni la noche.
El paisaje del mundo vierte aquí
para el que escucha
su instante
de silencio,
sobrevuela los árboles,
nos acerca con su mano la cicatriz tibia de la memoria
mientras el asedio de las horas crueles
se quiebra
y cae
del otro lado del horizonte.
Aquí, muy cerca se nos muestra ya el embarcadero,
próximos
a la otra orilla.
Al instante,
reflejos, siluetas, troncos, lava que se desmadeja como un ovillo
por los íntimos arrecifes.
Hacia los profundos recovecos del silencio.
como un espejo transparente
que lo refleja único
o como un glaciar de voces sobre el lado agrio de las sienes
―piel con piel―
y el vértigo a la osadía y la lluvia
columpiándose como tantas otras madrugadas
por escapar de los labios.
En medio del paisaje y del verbo y del asombro,
una inmensa
huida
que se nubla,
un verso en fuga o un libro entero acuchillado o una quilla
solitaria.
Todos los movimientos de todos los planetas
y de toda una vida
se asoman por los agujeros celestes del lenguaje
como cualquier náufrago sobre ausente, como cualquier viento
o ráfaga o nube o arenisca
de intacta imperfección
o de belleza
efímera.
LA CASA PINTADA
Esta casa mira al norte hacia las lagunas de helechos,
esta casa mira al sudeste azotada por el aliento de los
que piden limosna.
Juan Carlos Mestre
Crece la mañana como crece el pensamiento bajo esta lluvia.
Crece la mañana y, a veces,
en el recuerdo, la luz es como un ácido amarillo que se esparce.
Esta luz tenue que ―todavía― cae, casi sin fuerzas,
hacia este otro lado del jardín, sobre mi rostro.
Por las madreselvas de la casa.
El instante otorga agua de mar al pez herido cuando llora
y al pájaro en su vuelo de aceite,
así las voces sufren
porque llega el rumor del silencio
y se pierden
como se perdieron los grillos de la conciencia
más allá,
en los vértices de los rincones.
Hasta en la más limpia desnudez encontraremos algún motivo
para el desaliento
alzaste la voz desde el otro lado de las alambradas
o de la puerta.
Y yo te contesté con un gesto tímido de mi mano.
Sobre el pálpito amarillo de las cometas
los niños cabalgan y resoplan nerviosos junto a las nubes
y el húmedo columpio de los frutales
queda preso
en una prisión (ya lejana)
de horas baldías y barrotes ignominiosos.
Un instante
no es tiempo para dejar atrás el páramo infeliz y despoblado de
la tristeza
susurraste ―entre dientes― para que sólo yo te escuchara,
porque allí,
al sol, igual que una lagartija, ahora descansa el cansancio
de una arboleda
rota.
Tu mano bebe del zumo que dejó la lluvia en los cristales.
El soplo de luz cuando mancha los limones y los manteles
otorga vida a la casa
como un reguero de azufre que se esparce
cada vez más
y más
deprisa.
Tus ojos beben del zumo que dejó la lluvia en los cristales
y en las paredes persisten las caricias
de tus dedos
indelebles.
Pero el instante es un soplo de presente que se esparce
cada vez más
y más
despacio.
Y la quietud
y la presencia,
como la fruta,
nacieron
para calmar la necesidad de los que ofrecen con las manos
vacías,
para calmar la sed de los surtidores en los amaneceres
sin pestañas,
de los que buscan ser redimidos
por una alameda de ángeles o por un erial abierto
para la escaramuza de sobrevivir
―en ningún otro paraíso―
o por la naturaleza muerta de las luminarias en los acordeones.
Tu corazón bebe del zumo que dejó la lluvia en las alcobas.
En la pared desnuda, al fondo del pasillo, junto a la cocina,
colgaste el último óleo sobre tabla:
un jarrón con violetas
y un pañuelo blanco de lino con iniciales.
En el jardín cerrado,
ha crecido, de pronto, un bosque rojo de acerolas
para consuelo de la multitud
y ante el vómito del desastre
y los valles poco iluminados de la muerte.
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