A veces suceden acontecimientos que le devuelven a uno al mejor de los estados de ánimo. Leyendo, días atrás, los Tres tratados de Armonía de Antonio Colinas, me encontré, nada más comenzar, en el preliminar, con la siguiente reflexión del poeta leonés: Recuerdo siempre el caso de aquella anónima lectora a la que conocí en la Feria del Libro de Madrid. De su bolso extrajo, para que se lo dedicara, un libro muy gastado por el uso y medio desencuadernado: era el primer Tratado de armonía. “Siempre lo llevo conmigo”, me dijo. Ésta es a mi entender, la mayor satisfacción para un autor: sintonizar, simplemente, con ese lector anónimo, secreto. Aunque no es el caso a pies juntillas, debo reconocer la gran satisfacción que a mí me proporcionó recibir, semanas atrás (perdón por el retraso) en mi teléfono móvil, desde Croacia, y más concretamente desde el Parque Nacional de los lagos de Plitvice, un sms de una entrañable amiga y lectora, o entrañable lectora y amiga (tanto da), que reza  “Hoy he pasado el día en los Jardines del Diablo y ya les he puesto color a las puertas del infierno”. Os dejo uno de los dos poemas de Largueza del instante a los que se refieren las palabras en cuestión y vaya desde aquí mi recuerdo, mi agradecimiento y mi cariño para Virginia.  

 
                                                                                                                     ©Javier Alcaíns


                      JARDINES DEL DIABLO

                             No soy presente sólo, sino fuga raudal de cabo a fin.

                                                        Juan Ramón Jiménez

En el principio apenas éramos la ausencia,

un mirador abierto hacia la nada,

un abecedario celeste

entre los líquenes de los árboles y nuestros ojos.

 

Y ante nuestros ojos todo el movimiento del agua,

todo el sonido tras los umbrales del exilio

y en los pequeños barrancos

                                          y en los lagos

como un péndulo.

 

Así es como aquí ha vertido el instante su latitud de pájaro,

así es como aquí el infinito movimiento

ha sobrevolado los árboles

y posa ahora su mano sobre las piedras

sumergidas bajo un horizonte de cal

 

quebradizo.

 

Reflejos, siluetas, troncos entre cenizas,

toda la lava azul

enredada entre los íntimos arrecifes

hacia los profundos jardines del silencio.

 

Todo el silencio como un murmullo de mercurio bajo la tierra,

como un largo poema,

como un río transparente que lo colmase todo

                                                                  único

o como un carámbano al lado dulce de las sienes

 

piel con piel

 

y el escalofrío y la fiebre y la escasez enferma de la lluvia

tantas veces columpiándose

por escapar de los labios.

 

Todo el silencio es un instante fugaz,

repentino

para la huida

como cuando un hombre se adentra solo en la niebla.

 

Todo el silencio es el aire,

es todo el aire,

es el viento abrasador de los deshabitados desiertos

que no desordena las dunas

ni ciega las córneas

para saber de la imperfección de su existencia

sino para,

               intacto,

engendrar, en la largueza fértil de un instante, su generosa incertidumbre.

©JPW