—Entonces, el hombre que doblaba las rodillas hacia el sitio que no era atravesó el estudio y se sentó en mi silla transparente. Se subió encima y se plegó sobre sí mismo de una forma tan jodida que era imposible no quererle. Parecía un insecto aplastado. O un perro aplastado. O yo qué sé. Fuera lo que fuera, no daba la sensación de que pudiera vivir mucho más si no venía alguien pronto. Tenía las piernas secas como una catedral y le crujían las rodillas al caminar. Era como si le hubieran forrado de piel los huesos. Sin músculo. Sin carne. Nada. Pensé que quizá debería haberlo visto el pretencioso de J. e intentado explicar por qué cojones se movía aquel hombre y, sobre todo, cómo se mantenía en pie sin quebrarse. Seguro que hubiera dicho algo así como "claro, déjame tu correo y mañana te lo mando bien redactado". Y una mierda. Lo que pasa es que no sabes la solución y no tienes la más mínima intención de admitirlo. Los arquitectos son todos iguales. Y son así con el resto de cosas de su vida. Buscan la respuesta a escondidas y luego fingen un ataque de lucidez. Recuerdo que en aquella época yo no acababa de explicarme como mi ex mujer aún aguantaba el tirón con aquel snob. Aunque si en algún momento la hubiera entendido, ahora estaríamos juntos y yo tendría que vivir en una de esas horribles casas de campo. Puede que incluso me hubiera obligado a comprar una estúpida secadora de ropa. Una máquina que hace lo mismo que el aire, gran invento. Así que mejor dejar las cosas como están. ¿Sabes? Una vez vi los dibujos de J. Se los había regalado a mi hijo después de su operación y era como si todos estuvieran a medio hacer. Como comprenderás, en aquel momento yo no dije ni una palabra buena sobre ellos, pero debo reconocer que un poco sí que me rozaron. Con el tiempo me he ido dando cuenta de que la belleza suele estar en las cosas inacabadas. También en las cosas a medio destruir. Es posible que sea porque en realidad un dibujo a medio hacer no es un boceto de un un edificio o una calle o un coche. Quiero decir que realmente no estás dibujando una cosa a medias. En el fondo lo que estás dibujando es el tiempo. De alguna manera las cosas incompletas son la figuración del tiempo. Y quizá de ahí la tristeza que aquellos dibujos me provocaban. Aunque ese es otro tema. El caso es que el hombre que doblaba las rodillas como un saltamontes había llegado al estudio y lo había llenado todo de sí mismo en apenas unos segundos. Se puede decir que yo prácticamente no le conocía. Le había visto por primera vez un par de días antes en el Parque del Oeste, donde trabajaba limpiando estatuas. Llevaba una mochila y caminaba —si es que a aquello se le podía llamar caminar— de una figura a otra disparando agua a presión. Imaginé que habría acabado en Madrid igual que el resto de nosotros, pensando que esta ciudad se parecía más a Nueva York, y que al final se había quedado porque ya estaba aquí. Nada más. A mí me sucedió algo parecido los primeros años, pero ya se me había pasado. En ese momento yo andaba enamorado de todo esto, de las calles, y de lo bonita que es esta ciudad de noche, ya sabes, el aire frío, las luces y eso. Aunque también es cierto que necesitaba estarlo. Este lugar me permitía creer que aún podía hacer algo enorme con el resto de mi vida. Mirase donde mirase yo sentía que algo estaba a punto de explotar. Y caminaba por la calle como si fuera una estrella. Total, nadie me conocía. No sé si alguna vez te lo he dicho, pero la mayoría de la gente piensa que a las estrellas se las distingue por la ropa y eso no es así. O no del todo. Quiero decir que cualquier muerto de hambre lleva gafas de sol, ¿o no? Lo que hay que hacer es caminar como si fueras sobre un cable. Como si hicieras equilibrio todo el rato —me levanto y camino por la línea de las baldosas para que ella entienda mi punto de vista— y mirar hacia abajo como si estuvieras a punto de caer. […]

              Para seguir leyendo: LAS RAZONES DEL AVIADOR

                                                                      

francisco fuentes (Plasencia, 1985) ha escrito los libros de poemas Tierra, territorio, casa (Sevilla, 2006. Premio La Mano Vegetal) y Setenta y cuatro días sin mí (Mérida, 2012. Editora Regional de Extremadura), que posteriormente resultó finalista del premio Ausiàs March al mejor poemario publicado en España en 2012.  Fue finalista del Certamen “Arte Joven” de la Comunidad de Madrid en el año 2005 y ganador del Premio “Aenigma” de poesía breve en 2007 (Telde). Ha participado en la iniciativa “Encontrarte” (Plasencia, 2006) y en su edición de 2011, para la cual se publicó un Cuaderno-Antología, La Plaga Lírica, de la que formó parte y diseñó la portada. Como artista plástico ha llevado a cabo diversas intervenciones urbanas, siempre con un fuerte componente lírico.

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