DIARIO HOY, TRAZOS, pág. 38, (20/12/2014)

Parece mentira pero han pasado ya diez años desde que la Editora Regional de Extremadura publicara la Antología poética (1988-2003), del placentino Javier Pérez Walias y se reconociera de manera explícita la necesidad de hacer definitivamente nuestra una voz que se había ido dando a conocer por medio de publicaciones fuera de nuestros límites y muy difíciles de conseguir. Como si de un tartán donde impulsarse se tratara, la carrera poética de nuestro autor no sólo no ha parado desde entonces, sino que ha ido creciendo en entregas, curiosamente cada vez menos espaciadas, y tremendamente musculosas que lo han convertido en un nombre imprescindible en nuestras letras. Los días imposibles, Largueza del instante, Arrojar y piedras y el todavía caliente Al Qarafa, han terminado por acotar un territorio cada vez más extenso, exigente y necesario que, como un río tranquilo, avanza inexorable impregnándolo todo de una dicción, tan rigurosa como atrevida, que ha terminado por consolidar uno de los edificios poéticos más interesantes de nuestra lírica contemporánea. De los tres primeros títulos mencionados hemos dado cumplida cuenta en estas mismas páginas, pues no voy a ocultar que Pérez Walias ha gozado siempre de mis preferencias y no ha hecho más que apuntalarlas con cada entrega. Del último (titulado, sí, como la alucinante zona de El Cairo donde conviven vivos y muertos) sólo señalaré que, de acuerdo con lo que sugiere Eduardo Moga en el brillante prólogo que antecede al libro al que hoy nos referimos, constituye el estiaje natural de un discurso poético que, al hilo de la propia vida del poeta, se imbrica cada vez más en el tema de su culminación. Y que en su disposición, abraza definitivamente el discurso profundo y meditativo del que viene haciendo gala, cada vez más necesario, dado el compromiso que el poeta está adquiriendo con cuanto le rodea.    

Quizá sea, entonces, un buen momento para parar y echar la vista atrás a tan cimentada trayectoria y, a tenor, de lo que el libro incluye, Otrora se nos antoja todo un lujo bibliográfico que presenta claros visos de celebración a lo grande. Y desde la portada, que reproduce una sugerente ilustración del poeta Juan Carlos Mestre, al epílogo, en el que, de forma más espontánea, el editor Javier La Beira (muñidor de sus primeros títulos) rememora algunos detalles y anécdotas. Pero, sobre todo, con la aparición de un invitado excepcional: el ya mencionado poeta Eduardo Moga, que, sobre componer un prólogo tan intenso como clarificador, asume la tarea de seleccionar entre la obra de Pérez Walias y termina disponiendo (como viene siendo la característica principal nuestro poeta) casi un libro más, tan recopilatorio como nuevo e independiente.

Echo de menos algún poema (sobre todo de los primeros títulos; tampoco hubiera estado de más incluir algún inédito), pero la selección que efectúa Moga se me antoja irreprochable y lógica. Sobre todo teniendo en cuenta el crecimiento indudablemente cualitativo que Pérez Walias ha ido experimentado a lo largo de su trayectoria. Su prólogo, que lleva el acertado y coherente título de “Poesía para no olvidar”, combina medidamente rigor y generosidad –concepto, a veces, tan raro entre poetas-), En él opta por señalar algunas nociones fundamentales en detrimento de ir estableciendo una cronología de títulos; lo que me parece una acertada elección porque supone considerar la obra del placentino como un todo bien sólido y adecuadamente conglomerado, del que aquello que se pone de relieve tiene sustento en cualquiera de los textos que haya escrito. Por concluir, Moga considera la recuperación del pasado como el componente sustancial de la lírica de Walias. El poeta placentino lo recalca en la breve poética que antecede a la selección: “Por mor del enfoque casi encelado de esta lente, que es la poesía, podemos rescatar, desde la oscuridad recóndita de nuestro ser, lo esencial de nosotros mismos y trasmitirlo, para hacerlo palpable y visible, a nuestro semejantes”. Pero antes de llegar a ello, el prologuista se ha ido deteniendo, con morosidad de entendido, en pasar revista a los símbolos que jalonan la lírica del antologado (el pájaro, el río, y la luz), en la densidad de su mirada y, por supuesto, en la adecuada elección de un lenguaje que explicite la transformación que, como todo hombre que crece, experimenta; así sus comienzos, con poemas breves y esenciales, y su actualidad, con textos cada vez más discursivos, con versos libres hasta caer necesariamente en el poema en prosa, plenos de imágenes oníricas, cada vez más complicadas, pese a surgir, curiosamente, del impacto de lo más cercano y vivencial que va acorralando al poeta.

 Todo un lujo, en fin, poder contar con esta joya de continente y contenido que es Otrora, acertado título, además, que asume una singladura nada reacia a todos los cambios que la misma vida nos hace padecer.

 

ENRIQUE GARCÍA FUENTES

Javier Pérez Walias, Otrora. Antología poética 1988-2014. Madrid, Calambur y ERE, 2014.