Ayer llovió por el oeste lo que no está en los escritos. Hoy parece que el día aguantará con el sol luciendo en todo lo alto, en el morrillo de la tarde, que diría un taurino. Libro que cojo últimamente entre las manos (antologías, dicho sea de paso), libro que en su liminar se vierten conceptos como silencio, contemplación, experiencia que, como todos sabemos, es la madre de la ciencia, conciencia, coherencia,  pureza, transparencia, posmodernidad… Y todo para hablarnos del viejo oficio de crear belleza con el lenguaje y de sus muñidores. Escribo porque me salva, porque es lo único que me queda, porque fija un sonido, unas luces, el final de un acto de amor, el escenario de unas horas de deseo. Así comienza un poema en prosa de Javier Lostalé titulado Confesión que pertenece a su libro La Rosa Inclinada. Ciertamente, toda manifestación artística, literaria y en esencia toda expresión poética, encierra en sí misma una forma para la confesión semejante a la sencillez, en su mecanismo, de un reloj de arena. Mecanismo para la confesión cómplice que se pone en movimiento desde la nostalgia de lo perfecto; que nos permite vivir dentro y fuera de las aguas del lenguaje, como si fuéramos anfibios en nuestra compleja realidad. Este hecho nos concede la gracia de indagar en sensaciones que se originan a flor de piel, que emanan de roces, de encuentros y desencuentros, en ocasiones simples, inadvertidos, tal vez, para el otro. Así, por el caudal del lenguaje fluye el agua de las palabras hermosas y del entendimiento, convirtiendo parterres de lo anecdótico en concreción de lo profundamente humano y común. De esta manera, y por medio de un uso casi encelado de esta lente que es la poesía, podemos rescatar, desde la oscuridad recóndita del ser, lo esencial de nosotros mismos y transmitirlo, para hacerlo palpable, a nuestros semejantes. Nunca el engaño fue tan bello. Experiencia, silencio, conciencia, transparencia… ¡qué más da! Los poemas de ambas antologías sí que me han puesto los vellos de punta (asomándome con casta al balcón de la lectura), y mientras, afuera, no paraba de llover.

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