En este país multicolor y multiétnico de creadores, artistas y poetas, se practica, con frecuencia, un deporte muy popular entre nosotros, a la par que inútil, la crítica literaria de "toma y daca". La crítica, salvo honrosas excepciones, se hace como si de un ejercicio circense de trapecio se tratara, a veces con red, a veces sin red, a veces sin ton y a veces sin son. Se dan pelos y señales sobre poetas y sus  libros de poesía, sobre galardones, sobre los vates que conforman los jurados, sobre las amistades peligrosas, sobre las relaciones sentimentales, etc. Todo esto, en ocasiones, entretiene y distrae a una mayoría ociosa, e incluso puede ayudar a comprender cómo de revueltas bajan las aguas líricas por los barrancos de las grandes editoriales y torrenteras. Echo, sin embargo, de menos, menos crítica −valga aquí la repetición− amarilla o rosa, y más atención a todos aquellos poetas que, día a día, con más o menos éxito o difusión de sus obras, pero con una vigorosa voluntad de estilo y honestidad creadora, hacen crecer, pleno en salud, el panorama poético de nuestra lengua y hacen que los lectores anónimos de poesía disfrutemos con ello. Echo de menos, en fin, el rigor científico imprescindible en la crítica poética, al alcance solo, parece ser, de unos cuantos elegidos. ¡Que cunda el buen ejemplo!

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