«VIOLETTE 24-XII-1958 y 23-I-1959, ce que vivent les violettes»

Málaga siempre es un horizonte atractivo para el viajero. Es una ciudad hermosa, y ahora está más hermosa si cabe, bajo la luz de abril. Como cantara Vicente Aleixandre en su Ciudad del Paraíso: “colgada del imponente monte, apenas detenida,/ en tu vertical caída hacia las ondas azules,”. Acabo de regresar y entre otros recuerdos, me he traído la imagen renovada de su Cementerio Inglés. He vuelto a visitarlo después de muchos años, de la mano del mejor cicerone, mi amigo Javier La Beira. El Cementerio Inglés es una pequeña isla en medio de la ciudad, llena de naturaleza y poesía, de historias entrañables. Allí descansan los restos de un puñado de seres. Una de las primeras tumbas que albergó el cementerio fue la Robert Boyd, un joven soldado irlandés. Además, en él descansan Jorge Guillén, el británico Gerald Brenan y su esposa, la escritora estadounidense Gamel Woolsey, así como las víctimas alemanas del naufragio de la fragata Gneisenau. Algunas de las tumbas más antiguas están recubiertas de conchas marinas. Pero, de entre todas ellas, sobresale una, quizás porque encierra el símbolo más conmovedor y terrible de lo que es la existencia humana, es la de la niña Violette: un enterramiento de muy reducidas dimensiones, en el que el epitafio, escrito en francés, tan solo hace destacar el nombre en caracteres capitales y las fechas de nacimiento y muerte: «VIOLETTE 24-XII-1958 y 23-I-1959, ce que vivent les violettes». La fugacidad de la vida es la fugacidad de la flor que evoca su nombre. Así, como otros poetas han cantado la belleza o la paz o el ambiente sobrecogedor de lugares como el Cementerio Alemán de Yuste, el Viejo Cementerio Judío de la Ciudad de Praga o el Cementerio de la Iglesia de Canongate de Edimburgo, la malagueña María Victoria Atencia mandó grabar el poema que le inspiró la tumba de la Niña Violeta en una lápida funeraria del siglo XVII que fue colacada sobre uno de los muros del cementerio. Aquí os dejo el hermoso poema y algunas imágenes de este singular lugar balconado hacia el Mediterráneo. Ars longa, vita brevis.

 

                 

                                  EPITAFIO PARA UNA MUCHACHA

                              Porque te fue negado el tiempo de la dicha

                              tu corazón descansa tan ajeno a las rosas.

                              Tu sangre y carne fueron tu vestido más rico

                              y la tierra no supo lo firme de tu paso.

                              Aquí empieza tu siembra y acaba juntamente

                             -tal se entierra a un vencido al final del combate-,

                              donde el agua en noviembre calará tu ternura

                              y el ladrido de un perro tenga voz de presagio.

                              Quieta tu vida toda al tacto de la muerte,

                              que a las semillas puede y cercena los brotes,

                              te quedaste en capullo sin abrir, y ya nunca

                              sabrás el estallido floral de primavera.

                                                                           Cañada de los Ingleses (1961)


    

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