Javier Pérez Walias

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De la mano de Alex Chico, me llega este nuevo y magnífico nº 7 de la revista que junto a Sergio Sastre dirige. Gracias por haber acogido mi colaboración poética.

Detalle de Plaza de los fusilados, de Javiera Gaete.

 

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  • Me llega de la mano de Puerto Gómez (complicidad y amistad aparte de Emilia Oliva) y con la puntualidad de las lluvias de abril, este nuevo número de la Revista Literaria EN SENTIDO FIGURADO. Agradezco desde aquí, desde mi pequeño rincón en la red, el detalle e invito a cuantos quieran acercarse a esta magnífica publicación, a que lo hagan y  a que lo hagan con detenimiento. Entre otras cosas, y dejando en cierto modo de lado la reseña (Un viaje por el tiempo) que mi amigo Elías Moro realizó como presentación a Largueza del instante, podemos encontrar secciones, artículos , poemas, fotografía, microrelatos, cuentos, miradas, caricias, pero sobre todo, podemos encontrar el regalo de un grupo de personas que trabajan desde diferentes lugares para que el pensamiento se desparrame  vivo y la ilusión fluya. Lo dicho: enhorabuena, gracias, salud y mucha suerte.

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  • de cómo las palabras enmudecen (I y II)

    fotografía sobre papel y acuarela, pastel y bolígrafo sobre papel
    65 x 100 cms. (díptico)
    2010

    www.javierroz.blogspot.com

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  • Recibo con agradecimiento máximo la reseña que, sobre  Largueza del instante, escribe en su web visualpoetry.blog.com.es/ mi querido amigo y poeta Agustín Calvo Galán. Aprovecho también, desde aquí, para agradecer la cariñosa acogida que está teniendo el libro. Gracias  a Eloísa Otero por su "isla" islakokotero.blogsome.com/category/javier-perez-walias/ y a Ángela Serna  por su "Poesía de ayer y de hoy" http://olerki-poesia1.blogcindario.com/2009/11/01794-javier-perez-walias.html


    "Largueza del instante por Pérez Walias"
    por visualpoetry @ 05. nov 2009 – 16:17:30

    Largueza del Instante

     Javier Pérez Walias
     Instituto Leonés de Cultura, Diputación de León, 2009
     86 págs.

    No descubro nada si digo, como en tantos otros ámbitos de la creación, que buena parte de la poesía actual adolece de falta de velocidad. La impaciencia falsifica la maduración y la convierte en prejuicio. Ser joven, o mejor: parecerlo, vivir rápido, romper, estar en el mundo, epatar vienen a ser los argumentos reiterativos de las obras que van aupando nombres hacia la centralidad de los escaparates poéticos. Pero no nos compadezcamos, hay aún quien sigue conjugando el verbo ser. He aquí que con Largueza del instante Javier Pérez Walias resultó ganador de la XVII Bienal de Poesía "Provincia de León". Sin prisas, desde su territorio periférico, Pérez Walias ha ido edificando una casa sobria y bien construida en la que habitar el instante; ese borde afilado que sostiene todo lo que somos y percibimos, que ata a nuestra espalda el pasado mientras no quiere o no se atreve a imaginar el futuro, y sobre el que, evidentemente, transcurre todo; una edificación de la memoria, que le permite al poeta vivir e invitarnos a participar de sus estancias. Porque Largueza del instante se lee como si visitásemos la intimidad del poeta, saboreando no sólo sus palabras, su recibimiento de amistad, sino también compartiendo sus silencios y extrañezas. Pero, como el mismo título delata, el verdadero asunto de este libro es el tiempo, tanto en su percepción como en la incapacidad para su aprehensión; es así como tan sólo el instante presente, tan sólo alargar el ahora nos permite, por un lado, convertir la existencia en voluntad y, por otro, degustar la incertidumbre de todo lo demás.

    Ha llegado la hora de alargar el instante,
    de habitar en los bordes,
    en los bordes de la doblez, de la miseria y del hombre
    para despojarnos de esta tibia sensación
    de estar
    y no.                                                                                                                                                                

    (Pág. 25)

     Poesía para darse un tiempo a uno mismo y a los demás, y no para perderlo.

     

    © A.C.G. 2009

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  •  El escritor malagueño Javier La Beira disertará sobre POESÍA CONTEMPORÁNEA con el título de El antojo de abatir estrellas en el Forum Fnac Málaga Plaza,  lunes, 26 de octubre a las 20 horas. El acto será presentado por el artista plástico Juan Carlos Hernando.

     

     

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  • Un poeta

    Un poeta

    06/10/2009   Diario de León

    Al trasluz | eduardo aguirre

    Asistí a la entrega del premio de la Bienal de Poesía que concede la Diputación, a través del Instituto Leonés de Cultura. La importancia de un acto no la define el número de asistentes, sino la calidad de los mismos. Y allí, escuchando y aplaudiendo a Javier Pérez Walias, había algunos de los leoneses de más valía intelectual y humana: Cordero del Campillo, Máximo Cayón, Artigue y Rafael Carralero, cuatro destellos de humanismo. Luminosa fue también la presentación de Víctor M. Díez. Largueza del instante incluye un poema dedicado a Carralero, a quien nadie se cansa de querer, pues ello significaría que se te ha secado ya el corazón. Nuestra tierra tiene en la colección Provincia un gran estandarte; peldaño a peldaño, como las más humildes ediciones de autor, estos poemarios vienen construyendo una ascendente escalera de palabras. Los premios de poesía sólo necesitan tener detrás a un buen escritor, y a un jurado que no caiga en el compadreo del tú me das esto aquí y yo te encargo eso allá. El prestigio ha convertido el Provincia en un galón del Estado Mayor de la Poesía. El autor, quien dejó constancia de su alegría por el reconocimiento recibido ese mismo día por Juan Carlos Mestre, me confirmó que publicar en la colección leonesa atrae más que en otras de más renombre, ya deterioradas por el todo vale. Al leernos sus poemas pudimos constatar el acierto del jurado: «Los peces de la vida y de la infancia también reclaman su alimento / su porción de cebo blanco en el poema». Las huellas de la poesía son profundas, y variada la forma de caminar, pero no es necesario que la pisada sea estruendosa. Ante la culturilla del fuego de artificio, la cultura del logro silencioso. Lejos del mundanal ruido, a solas con «los agujeros celestes del lenguaje».

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  • Largueza del instante, Javier Pérez Walias

    Sala Región. León, jueves 1 de octubre de 2009

          

      De izquierda a derecha, el poeta Víctor M. Díez, Javier Pérez Walias, Jesús Celis y Carmen Rodríguez

     

    Querría dar cuatro pinceladas sobre mi lectura del libro Largueza del instante, de Javier Pérez Walias, que hoy ve la luz, para animar a los futuros lectores a acercarse a él. Abrir un libro de poemas es abrir una puerta al edificio de la poesía. Antonio Gamoneda suele insistir en que la verdadera poesía no es literatura. Que la poesía no es un mero género de escritura. Si no que es, y ha de ser, una herida abierta en el vivir y que su poder de evocación y de verdad surge de la vida, y es vida en sí misma o no es nada.

     

    Largueza del instante es, en ese sentido, a mi parecer, un itinerario que ajusta sus límites entre “el comienzo de un tiempo pretérito” y “el final de un tiempo presente”. Haz y envés, alfa y omega, principio y fin que resume, en una misma cita de Juan Ramón, la redondez de su transcurso: “No soy presente sólo, sino fuga raudal de cabo a fin”. El tiempo pende entre estos dos postes y su lenguaje son los ropajes, las telas, las horas, la vida que se seca al aire, que se aventa o se remansa, que se moja bajo una lluvia de gritos y murmullos, que se anuda y se retuerce en el dolor; o que brilla en la calma de un sol sereno.

    Es un tiempo que nos enferma, este tiempo. Por eso hacemos el equipaje (acumulamos para la huida), en medio de esa sensación de estar y no estar, leemos: “Me ausento. / Huyo como huye la espuma / hacia el profundo exilio de las playas en los océanos, / hacia las fronteras de tu nombre descosido, / mojado y triste…”. El protagonista de este viaje va desgranando sus asfixiantes deseos de huida. Enumero algunos, como: Avanzo, recorro, sin detenerme nunca… Pero, quien así escapa, se da cuenta de que es una imagen en movimiento sobre un fondo estático, plano. Tiene la extraña y tibia sensación de estar y no. Porque, en palabras del poeta Miguel Suárez, “Estar cuesta” y uno se aferra como un naufrago a los tablones. Leo: “Han ido llegándome los restos de este paisaje / como llegan los amigos”. Se quiere, por ejemplo, pensar que un bodegón no es una naturaleza muerta:

    “La noche nos acaricia con su travelling a cámara lenta”. Se percibe la claridad como una cárcel y se va llegando a las regiones más seguras, a las casas de los amigos, “donde la luz / gotea / aun por los tejados”. Y en esa paz descansamos y somos, como en el verso rescatado por José Miguel Ullán: “El caminante enfermo que se enamoró donde fue hospedado”.

    Sí, “ha llegado, entonces, el momento de alargar este instante”. Pero esa elongación que puede entenderse como placidez, afirmados en el dulce balanceo de la vida amada, puede convertirse en la siguiente estación en puro esguince del alma, en corazón dislocado por lo de afuera. Al enfrentarnos, a pecho descubierto, al sucio bullicio, al murmullo incesante del mundo. “Ahora me confirmo en que todo el mundo anda al revés y todo cuanto hay en él es a la trocada”. Esta cita de Baltasar Gracián que abre la tercera parte del libro, nos avisa de que no es nuevo ese tópico de que “al mundo le falta un tornillo”, por decirlo con palabras de tango.

    Todo viajero se ve obligado a la elección, qué tren he de tomar, qué camino he de seguir al llegar a una bifurcación. He de volver o he de seguir. Soy aquél que un día emprendió la marcha o aquél desconocido que me espera al otro lado… “Elegí, / obligado por el murmullo del mundo y por mi silencio, poder decir lo que ahora digo con las palabras.” Sí, las palabras son la conciencia, la herramienta mágica. Pero quién soy yo o, mejor, quiénes somos ese yo. El poeta se eleva como un pájaro y se ve a sí mismo desde las terrazas. Toma conciencia de que es un ser fragmentario ante el mundo: “Tu perfil es el perfil de cuantos te habitan y ningún hombre ignora”. Es el lugareño, el extranjero y el apátrida, tus imágenes aparecen por un laberinto, te ve un rostro oculto que pasa.

    Somos “un niño con ojos grandes, con ojos grandes y abiertos” asombrados ante la estulticia que habita “en los abrevaderos / donde bebe la multitud que vomita”. Que mira con deseo a una niña que canta en la puerta principal de la ciudad vieja y escucha dócil a la anciana mujer con pañuelo. El mundo es una palabra extraña que nos expulsa con frío de su seno. Soñamos ser aquél niño perdido en la ciudad de Praga, escondido en el exotismo de los nombres, en el refugio del cementerio judío, bajo los puentes, en las torres, en las islas que oculta el río…

    Se dice por ahí que hasta un reloj parado tiene razón, al menos, dos veces al día. Pero el tiempo del que aquí se nos habla es más engañoso que un viejo reloj en desuso. La vida es un falso movimiento, una sombra que se persigue a sí misma. El tiempo no transcurre, nos golpea en los talones con su vara de fresno. Y así, todos somos capaces de un sencillo deseo, de una esperanza compartida. “A partir de ahora, enfermo ya de melancolía, nos confiesa el autor, quisiera tomarme mi tiempo igual que se toma un té a las cinco en punto, pero de la madrugada.”

    © Víctor M. Díez 
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