A veces, lo confieso, estoy en un tris de hacerme el harakiri (literalmente corte del vientre) que para eso algunos lo vamos teniendo más orondo de lo que sería deseable. Lo confieso, a veces, un sudor frío, de zumo de limón y una angustia de ansiolítico me recorren, de punta a punta, el cuerpo. Una envidia incontrolable (eso sí: sana sanita, culito de rana, que si no sanas hoy, sanarás mañana) me anega el alma, las venas, las vísceras y se asienta en el estómago y, como un fuego ácido de digestión de señorito o de cura, asciende por mi esófago y me  abrasa la garganta igual que el fuego devasta un bosque. A veces, lo confieso, no puedo, no puedo con ello y siento una envidia pantagruélica de esos escritores que cuentan sus amigos por docenas. Eso sí, sus amigos son escritores como ellos, que escriben como ellos, publican donde publican ellos y desaparecen cuando desaparecen ellos. Les dejo, voy, con urgencia, a tomarme un antiácido de ½ quintal métrico. La Li Po succión tendrá que esperar por ahora. Lo dicho, voy a rematar un poema.

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