PARA MIRAR ADENTRO  

 

 

Baile de máscaras, José Manuel Díez, Poesía Hiperión: Madrid, 2013.

La virtud no es gritar, es ser oído. Así comienza uno de los 39 poemas que conforman Baile de máscaras —Premio Hiperión de Poesía, 2013—, de José Manuel Díez (Zafra, 1978). El poeta sitúa al lector ante una crónica contra el olvido, un vasto territorio de variaciones temáticas y estilísticas, una poesía que arriesga en su compromiso formal y ético. Búsqueda y conciencia poéticas que logran colocarnos frente a los mil semblantes de una sociedad paralizada en la autocomplacencia de su estrangulamiento moral. Poesía construida con gran variedad de registros y voces: irónica, referencial —lindando con cierto “realismo sucio”—, simbólica, barroca por distorsionada, romántica, surrealista con dentaduras de nadie sonriendo en un vaso. Estos ecos reverberan entre las máscaras que el poeta ha ido poniendo sobre su rostro. Poesía, la de Díez, libre de especulación, que se inclina del lado de la música de las ideas y se alimenta en la ancestral danza de lo comunal.

Ya de entrada, sorprende cómo lo pictórico, lo musical, lo histórico, lo real, lo soñado y lo sentimental se articulan, en referencias reales o de ficción, en metáforas sutiles o en elipsis dilatadas, creando una atmósfera de conjunto muy personal. Todo ello queda fijado en una estructura caleidoscópica: a través de rostros que son nombres, y nombres que son circunstancias, sentimientos, seres humanos. El segedano recrea una peculiar historiografía, ajustando con oficio su ecualizador lingüístico para alumbrar un poemario polifónico. Las páginas nos devuelven una imagen, en alta resolución, del otro como animal social, con su boca cerrada por el exilio, el olvido y la muerte; entreabierta por la mueca del sufrimiento; o abierta, de par en par, por la carcajada o el amor. El tráfago de esta danza universal pide a gritos la complicidad del lector, que debe tomar partido, al tiempo que las páginas le regalan un yo casi olvidado y el aire de una lírica fresca y saludable. José Manuel Díez ha escrito un libro próximo a lo fractal —interactivo— por emocional y arquitectónico, por reticular, por lo copioso de sus referencias multiculturales, pero en el soporte más táctil: el libro de papel. Baile de máscaras es un hipertexto que crece desde el inveterado juego de la mirada, aunque alberga una estremecedora complejidad en su significación.

Tras las pupilas hundidas de las máscaras, se oculta la visión solidaria del poeta y aparecen los mil rostros que han bailado junto a él. Emerge otra realidad, unívoca e infinita, dichosa e infeliz, mientras nos aguardan personajes, fechas, lugares, encuentros, terrible siempre la muerte, la imposible alegría, la soledad, los anhelos, el rechazo de un progreso demoledor, la denuncia de la barbarie, o, al cabo, el gozo de los sentidos al escribir, al leer un manojo de versos. El baile y sus múltiples máscaras es la escalera de caracol hacia la identidad del individuo, porque, como asevera el propio José Manuel Díez, lo que nos salva de la anorexia en el pensar es cerrar los ojos para mirar adentro. Este Baile es un friso de tipos singulares —poetas, teólogos, una joven que tiene la sonrisa más bella de la tierra, exploradores, cineastas, músicos, una gitanilla que huele a calle pobre, pintores, periodistas, prostitutas, jardineros…—, acercándonos sus voces y sus vidas. Voces, en primera o segunda persona, que se modulan en la escritura cabal del poeta, en la lectura del que observa. Todo un rosario de hechos que transcurre entre 1257 y 2011, en liceos, bibliotecas, plazas, estudios, calles e islas. Pero en este deambular las personas dialogan, gesticulan, se aman y se odian, intercambian sus papeles con nosotros y nos regalan una visión cosmogónica del mundo.

Nos hallamos ante una poética preñada de sensibilidad, rigurosa y vigente, que versa sobre lo importante: el ostracismo del tiempo y la memoria, la felicidad o el sufrimiento. Un lirismo contenido atraviesa el devenir de este Baile de máscarascomo equilibrio de reflexión y expresión, como alambique de belleza, que encuentra su fuego en la mirada, en la introspección, en el desdoblamiento, para mostrarnos que otra realidad también forma parte de la miseria y la grandeza espiritual del hombre. José Manuel Díez se hace oír lúcidamente entre nosotros sin apenas levantar la voz.

 ©jpw