La tarde cae sobre las cúpulas de esta ciudad que me soporta, igual en lentitud que un duro invierno, y como un pesado velo de nácar me cubre y me aprisiona. Acabo de regresar. Ya estoy deambulando, de nuevo, sobre la pátina dorada de sus calles. Sus arterias laten con la geometría perfecta de un silencio poderoso y apenas si añoro, desmemoriado casi, el rugir mecánico del lugar de donde vengo. La lluvia se agarra con  fuerza al pavimento, a los amarillos adoquines, y sus aceras son enjambres con cicatrices blandas y jirones. Los niños invaden los parques sin columpios como las flores visten, en abril, las copas violetas de los lilos. Cuando llueve, la tierra huele a rosas mojada de algún valle y la poesía desciende, al trote, desde las colinas, en jóvenes caballos sin espuelas. La noche se me acerca seductora y me toma entre sus brazos y me habla, susurrándome al oído. En el camino, apenas si tropiezo con los restos de una iglesia que yace de sal ante mis ojos, con algún obelisco de diosa, con la llamada a la oración que corta el aire o con las plumas que hacen que el cemento se clave en el raso estrellado entre las nubes. En una vieja plaza de libros y de viejos, se produce un encuentro amable entre poetas, y los tres, sentados en un banco, hablamos, en voz baja, de nuestras cosas, nos regalamos églogas y elegías, mientras vuelan, en lo alto cual vencejos, las soledades gemelas de unos versos. Una mañana nueva me despierta otra vez al mundo. Me devuelve a la esperanza de la gente, con el ir y venir de los tranvías que, con su traqueteo de siglos, escriben eléctricos poemas sobre los raíles erguidos de tus pechos. A veces, uno prefiere huir de sí mismo, olvidarse de sí mismo y del tiempo en una plaza con palomas o en un jardín o en un bosque sin nubes. Viendo crecer la lluvia hacia arriba, la nostalgia cae plomiza sobre la tarde, igual en lentitud que un duro invierno. Yo estuve aquí contigo.

  ©jpw