Javier Pérez Walias

Contenido de Diciembre, 2010

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                                                      Foto: FUNDACIÓN ECOEM

Un grano no hace granero, pero ayuda al compañero. Del mismo modo, un premio no hace más poeta al poeta, pero, no  me cabe duda  de que ayuda a su reconocimiento y a la difusión de su obra. El sevillano Pablo Moreno, con el poemario Lauda, ha resultado el ganador del III Premio de Poesía de la Fundación Ecoem. Javier Sánchez Menéndez ha destacado sobre la obra, que será editada en la colección Siltolá-Poesía del sello La Isla de Siltolá, que se trata de "un libro bien escrito, con poesía fluida y con buenas imágenes". Nacido en 1977, Pablo Moreno ha dado ya varias entregas de poesía a la imprenta, destacando Discurso de la ceniza que fue galardonado con un accésit del Premio Adonais 2007.   También se ha otorgado en esta edición un accésit a la obra Dura seda de Juan Peña, poeta nacido en 1961 y residente en Sevilla, y cuyo poemario será editado en la colección Siltolá-Poesía, de ediciones de la Isla de Siltolá, al igual que la obra ganadora. Al certamen se han presentado más de 350 originales procedentes de Hispanoamérica, EEUU, Europa y España, con lo que este Premio se consolida como uno de los más relevantes de nuestro país, avalado no sólo por su cuantía económica sino también por la exquisita publicación de las obras premiadas y por contar con un jurado de contrastada solvencia.  Desde aquí deseamos larga vida a este Premio.   

                  Es extraño pensar en este raro asunto / del tiempo que nos vive. (Pablo Moreno)

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  • White Noise II

    A la belleza se llega por los poros. A la armonía se llega, asimismo, por la energía incandescente de las pupilas, por los respiraderos del alma y por los dedos de las manos que abrazan   instrumentos. A la belleza, a la armonía,  se acude como quien acude a una cita a ciegas bajo la lluvia y comprueba que una vez en el centro del abismo, en el centro del lienzo o de la tabla, en el lugar cero, junto al silencio dinamitado por la espera, acontece el estertor incomprensible de lo humano que nos salva por un instante de la desidia de este mundo:

    Lo difícil es hacer las preguntas: rozar límites ante un rostro con mordaza, ante una mochila sin espaldas; ante una silla vacía; junto a unos zapatos desnudos a la intemperie (sin ataduras); ante unas raíces dibujadas a lápiz que crecen hasta el fondo en erupción de la consciencia y ante unos cordones desatados, que huyen, como lágrimas de pájaro, por la nieve de todas las cartografías y de todas las baldosas. Lo difícil es hacer las preguntas: rozar límites para que el cobijo del hombre con cabeza de pájaro, que viajó hasta el limbo de las piedras de la locura, hasta la felicidad o el sufrimiento o la combustión, no sea  sino una línea muy frágil de sangre que se multiplica bajo la lengua glaciar de nuestra memoria, o un nudo de bambú marcándonos el camino en medio del jardín del unicornio.


    Cuando el escarabajo atravesó con su cuerno de grafito, por primera vez, el umbral verde de mi casa, el día dejó atrás para siempre el invierno, y el latido de las nubes comenzó a dibujarse como una piedra y la piedra bebió del fruto de las espigas machacadas en los campos sin alambres, y se empapó del fruto del trigo en los campos sin amapolas. Fue entonces cuando el escarabajo azabache derramó su tuétano circular sobre el fragor ciego de los huesos, creando, como un dios, sobre las paredes desnudas de mi casa, texturas, formas y tendones.

    En la orilla del ruido, desde la lejanía blanca de la luz, nos vigila un cuervo.

    En mis ojos, se han encendido luces de gálibo para las tinieblas, bujías y madera de cristal para las tinieblas, carburos y dinamos. Todo dispuesto así para arrojar luz de color negro sobre el rostro desnudo de este hombre que ahora os mira.

    ©jpw

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  • Xilófono de Infancia

    Era verano, probablemente de 1965


    Aún nos aguardaba algún tiempo de infancia en gama de grises, e incluso algunos años, diría yo, conviviendo, mano a mano, con el mayor de los contrastes en blanco y negro. Eran años en los que el café tenía el aroma tostado de la cebada, en los que el refresco era regaliz como la zarzaparrilla y en los que la mayoría de los niños tomábamos leche de calcio, vestíamos camisas blancas y calzábamos sandalias encaladas de Kanfort en las mañanas de domingo y fiestas de guardar. Aún nos esperaba algún tiempo de niñez antes de que llegaran el café con leche y las bolluelas, el frescor del atardecer bebiendo Mirinda de naranja en la pista Avenida, o las películas en tecnicolor, cayendo ya la noche, y el fresco, en el cine de verano por unas pesetas. Mis tías, “Feli” y “la Mona”; y mi madre, Cecilia, se afanaban en meternos bien los jarapales, en acicalarnos ―de acuerdo con lo que los dineros de la época permitían― para la ocasión. Lograron, después de varios intentos, ordenarnos por edad delante de  aquellas tres patas de madera, que mirásemos hacia no se sabe bien qué objetivo, que nos mantuviéramos, por un instante siquiera, quietos en el tiempo. Un fotógrafo, enfrente, vestido con blusón negro y boina gris, de los de cámara antigua con fuelle, fijó esta instantánea, imborrable ya para siempre, en mi memoria de niño. Y al cabo de unos días, bajo la cálida luz del cuarto oscuro, la mirada melancólica de aquel fotógrafo se había convertido, por el tacto revelador del líquido mágico sobre el papel, en este retrato de ausencias. Detrás, la ciudad vieja: la fuente de piedra, de la que algunos decían, que en su bola del mundo, todas las mañanas, los operarios del Ayuntamiento ponían barras de hielo para enfriar el agua que manaba por sus caños de cobre. Al fondo, el palacio de los Marqueses de Mirabel; el vetusto buzón de Correos, más abajo; la calle Ancha; el puesto del “chochero” y la Puerta de Coria; y allí, junto al mismo arco de la Puerta de Coria, la que fuera mi casa. Delante de aquel fotógrafo, de aquel armatoste con patas de madera, en primera línea, quedó fijado, para siempre, este xilófono de la vida, esta escala del tiempo. Era verano, probablemente de 1965.

    ©jpw

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  • JOHN  Ashbery El juramento  de la pista de frontón (The tennis court oath) Traducción  e introducción de Julio Mas Alcaraz Colección: Poesía, 115, Edición  bilingüe. Madrid,   2010. 360 páginas. ISBN: 978-84-8359-208-3

    John Ashbery (1927) es uno de los poetas vivos más reconocidos de los EE UU y probablemente el más influyente. El autor ha logrado un estatus difícil de igualar y es el primero que, además de ganar el Pulitzer, el premio Nacional y el premio de la Crítica, logra ver publicada su obra completa en vida por la Library of America. El Juramento de la pista de frontón (JPF) es el libro más vanguardista y arriesgado de John Ashbery. Equivalente poético a Las señoritas de Avignon en pintura o la Fontaine de Duchamp en escultura, el poemario fue recibido por la crítica con la misma incomprensión y perplejidad que estas obras. Hoy en día, JPF es un texto de culto y es imposible entender las vanguardias poéticas de la segunda mitad del siglo XX sin esta pieza angular. En JPF, Ashbery desarrolla un nuevo lenguaje y un estilo fundacional de toda su producción futura e incluso de una nueva corriente poética (LANGUAGE). Jamás el neoyorquino ha vuelto a ir tan lejos en su experimentación y jamás un libro suyo ha sido tan controvertido e influyente a la vez. JPF es una prueba del virtuosismo técnico aplicado a la poesía postmoderna: por muy alejados que sitúe los elementos, por muy fragmentado que a veces sea su tono, por poco convencional que sea la forma en que se ordena el lenguaje, el poema termina mostrando una unicidad inexplicable, misteriosa y maravillosa, plenamente lírica.

    Julio Mas Alcaraz es poeta y traductor especializado en literatura norteamericana. Entre sus traducciones recientes, destacan la antología La diferencia entre Pepsi y Coca-Cola y el libro de Anne Sexton Vive o muere. Para la traducción de JPF ha escrito una extensa introducción y ha desarrollado una detallada sección de notas dedicadas a cada uno de los poemas.

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                            Poesía para niños de 4 a 120 años
                        (Antología de autores contemporáneos)

    Edición de Jesús Cotta, José Mª Jurado y Javier Sánchez Menéndez.

    23×15,5 cm
    Rústica con solapas
    256 págs.
    ISBN: 978-84-15039-38-9

    La Isla de Siltolá
    Colección Agua. (Poesía para Chicos y Grandes)

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