Al margen del hecho puntual y anecdótico que ha ocasionado la siguiente reflexión, lo cierto es que a todos nos cuesta hacer las cosas bien. El hecho de hacer algo, y hacerlo acorde a los resultados que uno espera, debería proporcionarnos el consiguiente bienestar emocional. ¿Por qué, entonces, nos supone  tanto esfuerzo hacer bien las cosas, sean las más sencillas o las más complejas? Hablamos de acciones que no conllevan un debe o un haber que no sea el de la mera satisfacción cívica. ¿Puede satisfacernos hacer las cosas a trancas y barrancas? ¿Hacerlas de cualquier manera, incluso a sabiendas? Probablemente así sea, y es esto lo que debe preocuparnos como ciudadanos. Y como ciudadanos, debemos llegar al convencimiento, motu proprio, de que las cosas bien hechas, bien parecen. Esta aseveración tan familiar, que nadie en su sano juicio discutiría, puesta a pie de calle, nos reportaría bienestar con nosotros mismos y con los demás. Podemos disfrutar del trino de un jilguero cuando clarea el día, pero si alguien disfruta, de igual modo, abatiéndolo de una pedrada, sin que medie otro fin que el desplumado sufrimiento del ave (podríamos hablar incluso del canto mutilado de los grillos), es que los mecanismos que sustentan el equilibrio del individuo con su entorno, o no funcionan de manera engrasada, o la sociedad en la que se le educa tiene sus estructuras hueras. Apliquemos esto, aparentemente tan simple, a saber hacer bien las cosas en cualquier situación de la vida. Saquémosle el dulzor, la adrenalina de sentirnos bien en una relación de concordia con nosotros  y con lo que nos rodea: un chicle de clorofila puede provocar una explosión de sabor verde y de frescor nuclear en nuestra boca, pero de igual manera, puede convertirse, perdido el gusto por lo bien mascado, en una especie de agujero negro, en un lunar horroroso, que afea el pavimento de granito en cualquier zona peatonal de cualquier ciudad. Y así, se podrían enumerar cientos de ejemplos. ¿Cuántos menores de 20 años dan los buenos días o las buenas tardes al entrar en un establecimiento público o privado o en su propia casa? Si nos parece tan claro lo evidente y tan evidente esto que decimos ¿por qué, entonces, las cosas mal hechas bien nos parecen y las bien hechas reconfortan, en los tiempos que corren, solo a unos cuantos? 

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