Javier Pérez Walias

 

PRESENTACIÓN

(Sala "Verdugo" -Plasencia- 17/11/2015)

 

            Cuando, hace ya bastantes meses, leí Otrora, la antología de Calambur que recoge una amplia muestra de la poesía publicada por Javier Pérez Walias entre 1988 y 2014, me pareció oportuno redactar una reseña para PlanVE, la página web dedicada al ocio y la cultura con la que colaboro hace ya algún tiempo recomendando libros. Me puse, pues, a escribir sobre la antología, pero llegó un momento en que llevaba más de ochocientas palabras sin que la cosa pareciera aún estar cerrada, lo que apuntaba a una columnilla sensiblemente más larga de lo habitual, y al darle vueltas a cómo podía recortar -porque las reseñas demasiado largas probablemente echen para atrás, con lo que fracasan por completo en lo que es su propósito fundamental: hacer llegar al lector información sobre un libro- me di cuenta de que, en realidad, lo que estaba escribiendo no era tanto la reseña, en sí, de Otrora, como la presentación –esta presentación– de la obra de Javier Pérez Walias, autor que ya por entonces figuraba en todas nuestras listas de candidatos a pasar por esta Aula de Literatura.

Si eso sucedió fue porque si, como afirma Eduardo Moga en su magnífica introducción a la antología, «Otrora es (…) un diorama del mundo, el óleo panorámico de un orbe que no deja de ramificarse, de una interminable concatenación de texturas y geometrías», el libro es a la vez –y yo diría que incluso antes, antes de que uno se asome, a través de él y de la mirada de Pérez Walias, al mundo– un ajustado diorama de la obra poética de Javier, una reproducción a meticulosa escala de la misma, lo que lo convierte en un vehículo extraordinario para aproximarse a la escritura de este autor placentino de ya larga, consolidada trayectoria.

            Escribía yo entonces -y así aparece en la reseña- que una buena antología poética es aquella que logra condensar en sus páginas la evolución del poeta, la que hace recuento de su esfuerzo continuado por alcanzar una voz propia, la que es capaz de resumir cómo ha ido cambiando la forma que tiene de ver y contar (o cantar) el mundo, y que, por lo tanto, una buena antología sería aquella que contiene muestras de todos (o casi todos) sus libros, de sus obsesiones y temas recurrentes, de sus influencias literarias y artísticas, de la progresión de su estilo, de sus distintos matices, todo ello aun a riesgo, incluso, de falsear un poco la realidad, de imponer un sentido y un fin claros a procesos que quizá, en muchos casos, no han tenido, en realidad, una lógica ni un objetivo determinados, que han sufrido amagos, devaneos, pérdidas y extravíos, advertencia que yo hacía porque uno tiene siempre la impresión de que, sea el responsable de la antología el propio autor o un tercero, al final no deja de ser una especie de relato, casi siempre, de algún modo, sesgado, ordenado, de la trayectoria poética de un individuo.


                                

               Pues bien, Otrora cumple a la perfección todas esas premisas, y quizá por eso se acabó convirtiendo, de forma inesperada, casi involuntaria, en el punto de partida de la presentación de esta tarde. Las cumple de tal manera que yo diría que simplemente hojeando el libro, contemplando –podríamos decir– su contenido a vista de pájaro, es posible constatar algunos aspectos de la evolución poética de Pérez Walias. Por ejemplo, uno de los aspectos que así, a simple vista, más llama la atención ha sido el paulatino crecimiento de los versos de Javier, que, con el tiempo, los libros y los poemas, ha ido pasando de versos breves a versos cada vez más largos, del verso largo al versículo y del versículo, en muchas ocasiones, a distintas formas de prosa poética. La sensación que tuve, al leer Otrora y repasar, después, los libros de Javier, fue que el autor había ido perdiendo, poco a poco la contención, afirmándose en un discurso cada vez más desatado, cada vez más abundante, como si –decía yo en esa columna empleando una metáfora no ajena al imaginario del autor– después de un largo curso por torrentes, gargantas y riachuelos su decir poético hubiese alcanzado un ancho estuario, un vasto mar da palha en el que su poesía, al fin, se remansa y avanza majestuosa hacia el insondable océano de las palabras, a la vasta masa acuática del decir poético.

Sé que todo esto tiene mucho de afirmación a posteriori, de retrospectiva, que es el resultado de contemplar y entender la obra de Pérez Walias desde sus últimos libros, pero tengo también la impresión de no ir del todo desencaminado, pues leyendo los primeros poemas de Javier, poemas de Ceremonias del barro, Impresiones y vértigos de invierno o de Este lado oscuro del cauce, uno tiene la sensación de que muchos de aquellos textos iniciales sobre la naturaleza, el tiempo, el arte, el río, el pájaro o la luz podrían haber crecido, que aplicando las repeticiones y recursos anafóricos que tan a menudo emplea Walias para pautar el ritmo de sus composiciones podrían haber llegado a ser, perfectamente, los cánticos de largo aliento que colman las páginas de sus últimos poemarios.

                     

La poesía de Pérez Walias sería, pues, una poesía en expansión, pero también una poesía en continuo desarrollo, en absoluto ajena a la búsqueda de nuevas formas de expresión. Así, después de superar el culturalismo propio de los años en que comenzó a escribir, en la célebre alternativa, a finales de los ochenta y principios de los noventa, entre la poesía de la experiencia y la poética del silencio o la meditación, Javier habría tomado una tercera vía, habría optado, como señala el también placentino Serafín Portillo en su prólogo a la Antología poética de Walias publicada por la Editora Regional de Extremadura en 2004, “por una poética de la intensidad”, una poética que “no busca aprovechar el valor del silencio como centro del poema, sino mediar con él para alcanzar  un discurso en cuyos apretados límites conseguir el máximo de sentido”. Pues bien, cabría quizá decir que si a partir de un determinado momento, puede que desde Este lado oscuro del cauce o de Cazador de lunas, Pérez Walias opta por la intensidad, algunos poemarios más tarde, yo diría que desde Largueza del instante, y, desde luego, también en Arrojar piedras y Al Qarafa, su producción vira hacia lo que podríamos llamar extensidad, un nuevo planteamiento con el que el poeta no renuncia a la intensidad expresiva, pero sí a los apretados límites de los que hablaba Serafín Portillo, y cuyo resultado son unos poemas que conceden un largo desarrollo a los temas y motivos que el autor, desde sus primeras obras, de forma recurrente, aborda.

Uno encuentra la explicación a esta tendencia de Pérez Walias hacia la exuberancia verbal, a su –si me permiten– lengua desatada, en su particular manera de mirar el mundo, y es que la mirada de Javier sigue siendo, a pesar de su larga trayectoria y por encima del grado de luminosidad u oscuridad de sus sucesivos libros, una mirada preñada de asombro, de admiración, que se hace especialmente palpable cuando describe la naturaleza, cuando evoca o intenta fijar para los restos un instante o cuando trata de desentrañar, en sus versos, la inescrutable esencia de lo real. Así, a una mirada de tal magnitud, tan cargada de asombro, tan anhelante de belleza, no podía corresponder más que un tono celebrativo, entendiendo lo celebrativo no como una ciega y vana exaltación del presente, sino como la otra cara de la moneda de lo elegíaco, como el modo poético de ver el vaso medio lleno y, sobre todo, como un modo de resistencia contra el poder aniquilador del paso del tiempo y de la muerte, de ahí el afán de Javier por dotar –haciendo, si me permiten, un juego de palabras– a los instantes de largueza, de hacerlos, de algún modo, eternos, imperecederos, por más que ese afán esté, como tantos otros afanes humanos, grandiosamente condenado al fracaso, o, por el contrario, quizá justo porque ese afán está, como tantos otros afanes humanos, grandiosamente condenado al fracaso, lo que, de forma casi paradójica, convierte, de algún modo, en épico cualquier proyecto lírico.

Y, ya para terminar, si el tono es celebrativo y el verbo, abundante, el resultado, sobre todo en los últimos libros señalados, es el de unos poemas largos, mayúsculos, de vocación sinfónica, o de cantata, que reclaman a gritos ser ejecutados, declamados, leídos en voz alta, que se resisten, en muchas  ocasiones, a la simple lectura en silencio y se prestan bien, muy bien, a circunstancias como la que nos reúne a todos aquí esta noche, la de la lectura pública, en el Aula de Literatura “José Antonio Gabriel y Galán”, de Javier Pérez Walias, este poeta inconformista, exigente, en continua búsqueda, autor, en palabras Enrique García Fuentes, uno de los más reputados críticos literarios de nuestra región, de “una de las obras más coherentes, trabajadas, retocadas y repujadas del ámbito general de la poesía”, y al que cedo, por fin, la palabra.

 

Juan Ramón Santos

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    DIARIO HOY, TRAZOS, pág. 38, (20/12/2014)

    Parece mentira pero han pasado ya diez años desde que la Editora Regional de Extremadura publicara la Antología poética (1988-2003), del placentino Javier Pérez Walias y se reconociera de manera explícita la necesidad de hacer definitivamente nuestra una voz que se había ido dando a conocer por medio de publicaciones fuera de nuestros límites y muy difíciles de conseguir. Como si de un tartán donde impulsarse se tratara, la carrera poética de nuestro autor no sólo no ha parado desde entonces, sino que ha ido creciendo en entregas, curiosamente cada vez menos espaciadas, y tremendamente musculosas que lo han convertido en un nombre imprescindible en nuestras letras. Los días imposibles, Largueza del instante, Arrojar y piedras y el todavía caliente Al Qarafa, han terminado por acotar un territorio cada vez más extenso, exigente y necesario que, como un río tranquilo, avanza inexorable impregnándolo todo de una dicción, tan rigurosa como atrevida, que ha terminado por consolidar uno de los edificios poéticos más interesantes de nuestra lírica contemporánea. De los tres primeros títulos mencionados hemos dado cumplida cuenta en estas mismas páginas, pues no voy a ocultar que Pérez Walias ha gozado siempre de mis preferencias y no ha hecho más que apuntalarlas con cada entrega. Del último (titulado, sí, como la alucinante zona de El Cairo donde conviven vivos y muertos) sólo señalaré que, de acuerdo con lo que sugiere Eduardo Moga en el brillante prólogo que antecede al libro al que hoy nos referimos, constituye el estiaje natural de un discurso poético que, al hilo de la propia vida del poeta, se imbrica cada vez más en el tema de su culminación. Y que en su disposición, abraza definitivamente el discurso profundo y meditativo del que viene haciendo gala, cada vez más necesario, dado el compromiso que el poeta está adquiriendo con cuanto le rodea.    

    Quizá sea, entonces, un buen momento para parar y echar la vista atrás a tan cimentada trayectoria y, a tenor, de lo que el libro incluye, Otrora se nos antoja todo un lujo bibliográfico que presenta claros visos de celebración a lo grande. Y desde la portada, que reproduce una sugerente ilustración del poeta Juan Carlos Mestre, al epílogo, en el que, de forma más espontánea, el editor Javier La Beira (muñidor de sus primeros títulos) rememora algunos detalles y anécdotas. Pero, sobre todo, con la aparición de un invitado excepcional: el ya mencionado poeta Eduardo Moga, que, sobre componer un prólogo tan intenso como clarificador, asume la tarea de seleccionar entre la obra de Pérez Walias y termina disponiendo (como viene siendo la característica principal nuestro poeta) casi un libro más, tan recopilatorio como nuevo e independiente.

    Echo de menos algún poema (sobre todo de los primeros títulos; tampoco hubiera estado de más incluir algún inédito), pero la selección que efectúa Moga se me antoja irreprochable y lógica. Sobre todo teniendo en cuenta el crecimiento indudablemente cualitativo que Pérez Walias ha ido experimentado a lo largo de su trayectoria. Su prólogo, que lleva el acertado y coherente título de “Poesía para no olvidar”, combina medidamente rigor y generosidad –concepto, a veces, tan raro entre poetas-), En él opta por señalar algunas nociones fundamentales en detrimento de ir estableciendo una cronología de títulos; lo que me parece una acertada elección porque supone considerar la obra del placentino como un todo bien sólido y adecuadamente conglomerado, del que aquello que se pone de relieve tiene sustento en cualquiera de los textos que haya escrito. Por concluir, Moga considera la recuperación del pasado como el componente sustancial de la lírica de Walias. El poeta placentino lo recalca en la breve poética que antecede a la selección: “Por mor del enfoque casi encelado de esta lente, que es la poesía, podemos rescatar, desde la oscuridad recóndita de nuestro ser, lo esencial de nosotros mismos y trasmitirlo, para hacerlo palpable y visible, a nuestro semejantes”. Pero antes de llegar a ello, el prologuista se ha ido deteniendo, con morosidad de entendido, en pasar revista a los símbolos que jalonan la lírica del antologado (el pájaro, el río, y la luz), en la densidad de su mirada y, por supuesto, en la adecuada elección de un lenguaje que explicite la transformación que, como todo hombre que crece, experimenta; así sus comienzos, con poemas breves y esenciales, y su actualidad, con textos cada vez más discursivos, con versos libres hasta caer necesariamente en el poema en prosa, plenos de imágenes oníricas, cada vez más complicadas, pese a surgir, curiosamente, del impacto de lo más cercano y vivencial que va acorralando al poeta.

     Todo un lujo, en fin, poder contar con esta joya de continente y contenido que es Otrora, acertado título, además, que asume una singladura nada reacia a todos los cambios que la misma vida nos hace padecer.

     

    ENRIQUE GARCÍA FUENTES

    Javier Pérez Walias, Otrora. Antología poética 1988-2014. Madrid, Calambur y ERE, 2014.

      

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  • Mucho ha llovido desde que Javier Pérez Walias (Plasencia, 1960) publicara su primer libro, Ceremonias del barro (1988), en la colección «Ángel», una de las, nunca suficientemente ponderadas, ediciones malagueñas dirigidas por Ángel Caffarena. Mucho ha llovido, y para bien, porque durante todos estos años la dedicación poética de nuestro autor, dedicación que se ha visto consumada en nueve poemarios, además de sendos libros de artista, uno en colaboración con Juan Carlos Mestre y otro con Javier Alcaíns y una antología de su obra escrita entre los años 1988 y 2003, publicada en la Editora Regional de Extremadura en 2004 ha sido fecunda tanto cualitativa como cuantitativamente.

    Otrora, esta antología publicada exquisitamente (como es costumbre de la casa) por Calambur, comienza con Impresiones y vértigos del invierno (1989) – escrito antes de Ceremonias del barro, aunque publicado un año después- y llega hasta el ahora mismo, hasta Al Qarafa, publicado el año en curso. Acaso esa inmediatez sea la causa de que Pérez Walias no haya incluido ningún poema inédito, una norma no escrita que, sin embargo, practican gran parte de los poetas que se enfrentan a la estructura de una antología, y digo se enfrentan deliberadamente, porque no resulta fácil ajustar la voz actual a las distintas voces del pasado. Se necesita establecer un diálogo íntimo entre los diversos yos que conforman la identidad actual para entresacar de lo escrito aquello que mejor ha contribuido a la construcción de esa identidad, identidad, por otra parte, nunca conformada del todo, a pesar de lo que proclaman los diagnosis de la medicina general, relacionándola de manera simplista con el paso del tiempo, madre de la experiencia. Y es que, como dice el poeta Eduardo Moga en «Poesía para no olvidar», el imprescindible texto que prologa esta selección, «Una obsesión persigue a Javier Pérez Walias y a su poesía: la recuperación del pasado. Otrora es un conjuro incesante para la reviviscencia de lo perdido», pero acaso sean las palabras del propio poeta las que aclaren mejor la idea que hemos apuntado más arriba: «Así, y por mor del enfoque casi encelado de esta lente, que es la poesía, podemos rescatar, desde la oscuridad recóndita de nuestro ser, lo esencial de nosotros mismos y trasmitirlo, para hacerlo palpable y visible, a nuestro semejantes».

    Durante esta ya larga travesía poética se han producido algunos cambios en la poesía de Pérez Walias, como no puede ser de otra forma en un poeta que se interroga sobre su lugar en el mundo de forma permanente y que está sujeto a los vaivenes emocionales y las trasformaciones tanto de índole personal como social. La escritura, mejor será decir, los motivos de la escritura pueden ser, y de hecho, son similares, pero es distinta la manera de reflexionar sobre ellos. Lo contrario denotaría una especie de peterpanismo, nada extraño, por otra parte, en aquellos poetas que se empeñan en escribir siempre el mismo libro, tal vez porque desde sus libros juveniles impostaban una voz reflexiva que sólo el paso del tiempo ha conseguido hacer creíble. No es este el caso, por supuesto, de Pérez Walias, como delata la versatilidad poética de la que somos testigos desde sus primeros libros hasta los últimos. No sobra aquí recordar lo que Auden escribía sobre este propósito: «En todos los poetas distinguimos entre su obra juvenil y la de madurez, pero en el caso de los poetas mayores el proceso de maduración continúa hasta la muerte y, por tanto, si comparamos dos poemas suyos de igual valor pero escritos en diferentes momentos el lector puede decir inmediatamente cuál de ellos es anterior». Esta diversidad muestra, entre otras cosas, el proceso evolutivo de la escritura, pero también, la transformación del artista que mueve los hilos desde las bambalinas, de la persona que sirve de molde al personaje que vive en el poema. Toda antología es una especie de, utilizando un símil artístico, retrospectiva, en ella se dan cita todos los periodos por los que atraviesa la escritura, periodos engarzados por un hilo común, la conciencia de que el lenguaje es una herramienta —no del todo eficaz, si se quiere, en muchos casos— que hay que tratar con delicadeza y respeto para sacarla el mejor partido, para trasladar la emoción al poema con la mayor fidelidad posible. «La escritura, a veces, como la lentitud del paso de las estaciones o la visita inoportuna del sufrimiento, se me antoja/ cuesta arriba,/ y otras veces soportable,/ a duras penas», escribe Pérez Walias en un poema de carácter confesional. Soy de los que creen que cada asunto busca su propia retórica y, tal vez, esta sea la razón por la que Javier Pérez Walias ha experimentado con formas diversas, que van desde el poema breve, proclive a la esencialidad, con un lenguaje concreto, con pocas concesiones a lo discursivo, hasta el poema en prosa y el versolibrismo de los últimos libros, versos de largo aliento llenos de reminiscencias sonambulescas, misteriosas, irracionales, con abundancia de imágenes y de metáforas. Como escribe Eduardo Moga en el citado prólogo, «De la barahúnda expresiva de la juventud se pasa, con mayor o menor templanza, a un lenguaje más austero, más pudoroso. Pérez Walias es uno de los pocos casos de autores actuales que ha evolucionado en sentido contrario: de cierta parquedad inicial a una eclosión de imágenes y acentos en el tramo más reciente de su producción». Otrora, la antología que comentamos, permitirá al lector realizar una vista panorámica sobre la fecunda trayectoria de Pérez Walias y descubrir por sí mismo las virtudes de tal pluralidad compositiva.

    CARLOS ALCORTA

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  • AL HILO DE LA MUERTE 

     por

    Manuel J. Curiel Arroyo


     

    Al Qarafa, Javier pérez Walias, De la Luna Libros: Mérida, 2014.

    Al Qarafa es la última entrega de Javier Pérez Walias (Plasencia, 1960). En uno de sus versos afirma, a boca jarro, que la vida es la muerte a secas. El placentino plantea una reflexión, al hilo de la muerte, sobre la condición existencial del ser hunano. Son unas páginas escritas con personalidad y crudeza. ¿Qué es Al Qarafa?  Al  Qarafa es el poema que da título al conjunto, que conforma la primera de las tres partes de su estructura y que, enseguida, nos traslada al cementerio de El Cairo, con nombre homónimo, “La Ciudad de los Muertos”: un laberinto de mausoleos y tumbas ocupados por vivos que conviven –o conmueren­– con sus muertos. Al caer el sol, el camposanto se convierte en el territorio del sueño y de la noche. Al Qarafa es un poema esencial que entrelaza los conceptos de vida / muerte en esa mezcla impura que nos concilia como seres humanos. La vida, aquí, es también la posibilidad de la muerte al estilo de lo escrito por el viejo Heráclito: “Inmortales mortales, mortales inmortales; vivos en la muerte de aquellos, pero en la vida de aquellos, muertos.”
    La segunda sección del poemario, Inscripciones,
    alude al anhelo de labrar la dureza de la piedra, cincelarla, para conservar la memoria de alguien. Pérez Walias acuña sus inscripciones desde el lenguaje poético, y lo hace sobre la hoja del cuaderno de un maestro, en el torso de un marinero o sobre el canto de un pájaro. En consecuencia, una ecuación que se resuelve en un juego de azar entre el ser y no ser que nos circunda de un modo esencial. Lápida familiar así lo atestigua: el poeta coloca, bajo los números, en apariencia fríos, de las cifras vitales del padre, de la madre y del hermano, el demoledor heptasílabo en pausado silencio.

    Acechamos a la muerte
    es la parte definitiva de Al Qarafa. Sin ser un obituario, nos presenta varias de las caras acechantes de la muerte. La muerte —nos dice Pérez Walias— habita este lugar, te acaricia, te lame. La muerte es un animal doméstico. Y en el poema La piedad de Aleppo aparece la culpa, que es el retrato trágico de nuestra ignorancia consciente ante nuestra naturaleza finita. La Parca es la restitución de un equilibrio que rompía el nacimiento, como lo pensó Anaximandro —cito traducción de Gil de Biedma—:Las cosas deben pagar unas a otras castigo y pena según sentencia del tiempo.” La determinación de la existencia individual representa una escisión culpable, que será restituida por la sentencia implacable del tiempo. En Ángel impuro, Pérez Walias, desliza el asunto, si restitución moral, hacia el autoconocimiento y el de la naturaleza expresada en el lenguaje, y concluye: Antes de que tú te ausentaras para siempre, yo era un ángel puro. Así, nuestra cosmovisión responde a nuestra personal vivencia de la muerte. Para Heidegger, el Ser se revela en la respuesta pensante del hombre en términos de lenguaje, que es la casa del Ser. En el poema titulado Violette, dedicado a la tumba de un bebé, Pérez Walias insiste: Os digo / que deseo que la poesía sea la casa encalada donde el lenguaje salte a la comba. Y concluye con uno de los versos más relevantes del libro: (…) o la brevedad de una violeta en una pequeña tumba junto al mar. En las muertes prematuras es donde nos topamos con la imposibilidad de aceptar una razón —de naturaleza— como suficiente. El Niño que perdió su infancia ahonda en este abismo con una imaginería bíblica potente, y con la rabia de un yo que no acepta lo inexorable. Desde lo improbable, Pérez Walias escribe: Odio mi corta infancia de niño muerto. La muerte del hijo es, sencillamente, insoportable. Valente sangra por esta misma herida cuando dice: Ceniza tú, yo sangre. Leve hoja tu voz. Pétreo este canto. Tú ya no eres ni siquiera tú. Yo, tu vacío. Al Qarafa
      acaba siendo un intento por vencer el olvido, porque para el hombre siempre hay un hilo de agua dulce que descansa en las raíces.

     ©jpw

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  • En octubre “OTRORA”

     

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  • RESEÑA EN QUIMERA nº 366

    PARA MIRAR ADENTRO  

     

     

    Baile de máscaras, José Manuel Díez, Poesía Hiperión: Madrid, 2013.

    La virtud no es gritar, es ser oído. Así comienza uno de los 39 poemas que conforman Baile de máscaras —Premio Hiperión de Poesía, 2013—, de José Manuel Díez (Zafra, 1978). El poeta sitúa al lector ante una crónica contra el olvido, un vasto territorio de variaciones temáticas y estilísticas, una poesía que arriesga en su compromiso formal y ético. Búsqueda y conciencia poéticas que logran colocarnos frente a los mil semblantes de una sociedad paralizada en la autocomplacencia de su estrangulamiento moral. Poesía construida con gran variedad de registros y voces: irónica, referencial —lindando con cierto “realismo sucio”—, simbólica, barroca por distorsionada, romántica, surrealista con dentaduras de nadie sonriendo en un vaso. Estos ecos reverberan entre las máscaras que el poeta ha ido poniendo sobre su rostro. Poesía, la de Díez, libre de especulación, que se inclina del lado de la música de las ideas y se alimenta en la ancestral danza de lo comunal.

    Ya de entrada, sorprende cómo lo pictórico, lo musical, lo histórico, lo real, lo soñado y lo sentimental se articulan, en referencias reales o de ficción, en metáforas sutiles o en elipsis dilatadas, creando una atmósfera de conjunto muy personal. Todo ello queda fijado en una estructura caleidoscópica: a través de rostros que son nombres, y nombres que son circunstancias, sentimientos, seres humanos. El segedano recrea una peculiar historiografía, ajustando con oficio su ecualizador lingüístico para alumbrar un poemario polifónico. Las páginas nos devuelven una imagen, en alta resolución, del otro como animal social, con su boca cerrada por el exilio, el olvido y la muerte; entreabierta por la mueca del sufrimiento; o abierta, de par en par, por la carcajada o el amor. El tráfago de esta danza universal pide a gritos la complicidad del lector, que debe tomar partido, al tiempo que las páginas le regalan un yo casi olvidado y el aire de una lírica fresca y saludable. José Manuel Díez ha escrito un libro próximo a lo fractal —interactivo— por emocional y arquitectónico, por reticular, por lo copioso de sus referencias multiculturales, pero en el soporte más táctil: el libro de papel. Baile de máscaras es un hipertexto que crece desde el inveterado juego de la mirada, aunque alberga una estremecedora complejidad en su significación.

    Tras las pupilas hundidas de las máscaras, se oculta la visión solidaria del poeta y aparecen los mil rostros que han bailado junto a él. Emerge otra realidad, unívoca e infinita, dichosa e infeliz, mientras nos aguardan personajes, fechas, lugares, encuentros, terrible siempre la muerte, la imposible alegría, la soledad, los anhelos, el rechazo de un progreso demoledor, la denuncia de la barbarie, o, al cabo, el gozo de los sentidos al escribir, al leer un manojo de versos. El baile y sus múltiples máscaras es la escalera de caracol hacia la identidad del individuo, porque, como asevera el propio José Manuel Díez, lo que nos salva de la anorexia en el pensar es cerrar los ojos para mirar adentro. Este Baile es un friso de tipos singulares —poetas, teólogos, una joven que tiene la sonrisa más bella de la tierra, exploradores, cineastas, músicos, una gitanilla que huele a calle pobre, pintores, periodistas, prostitutas, jardineros…—, acercándonos sus voces y sus vidas. Voces, en primera o segunda persona, que se modulan en la escritura cabal del poeta, en la lectura del que observa. Todo un rosario de hechos que transcurre entre 1257 y 2011, en liceos, bibliotecas, plazas, estudios, calles e islas. Pero en este deambular las personas dialogan, gesticulan, se aman y se odian, intercambian sus papeles con nosotros y nos regalan una visión cosmogónica del mundo.

    Nos hallamos ante una poética preñada de sensibilidad, rigurosa y vigente, que versa sobre lo importante: el ostracismo del tiempo y la memoria, la felicidad o el sufrimiento. Un lirismo contenido atraviesa el devenir de este Baile de máscarascomo equilibrio de reflexión y expresión, como alambique de belleza, que encuentra su fuego en la mirada, en la introspección, en el desdoblamiento, para mostrarnos que otra realidad también forma parte de la miseria y la grandeza espiritual del hombre. José Manuel Díez se hace oír lúcidamente entre nosotros sin apenas levantar la voz.

     ©jpw

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  • Dos luneros más

    […] la colección Luna de Poniente de De la Luna Libros, publica dos nuevas entregas, Al Qarafa, de Javier Pérez Walias (Plasencia, 1960) y Materia de nubes, de Luis María Marina (Cáceres, 1978).  El del profesor placentino, que lleva la letra Q, gira en torno a la muerte y toma su título del nombre de un cementerio cairota. Me ha gustado especialmente la segunda sección del libro, "Inscripciones", donde la contención lapidaria contrasta, creo que para bien, con el tono que su poesía ha adoptado en los últimos tiempos, muy cercana en su manera de decir a la de poetas como Antonio Gamoneda y Juan Carlos Mestre (a quien se homenajea en "Resurrección de los seres vivos"). No es la única parte de este intenso libro donde los poemas olvidan los inspirados versículos y las libres asociaciones de palabras e imágenes y, ya digo, quizá porque la muerte es tan escueta, se acercan, con acierto, a la concisión del epigrama o del epitafio. Así, en "La muerte a vista de pájaro", "Atardecer en la garganta" o "Inhumado en vida". Personal sin paliativos, aunque no caiga en el intimismo (léase, por ejemplo, "Hospital antituberculoso. Salamanca, febrero de 1983"), Walias levanta, como colofón, una estela a la memoria de sus muertos, los que pueblan los versos de esta obra vital. […]

                                                                  Álvaro Valverde (Blog: 27.03.14).

      

               ATARDECER EN LA GARGANTA

    El día se redime a sí mismo.

    Parece dar con sus huesos tenues en la caja del agua.

    Sobre el granito profundo,

                   ondulado.

    La suavidad de la piedra me advierte de que por la margen derecha del cauce

                                                                                                                  [anduvo

    el silencio frío de esta sierra

    la otra tarde.

    Anda buscándome las vueltas.

     

     
                           
    Fotografías:. PEDRO GATO

    ©jpw
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  • El cuaderno de la ceniza

    Me llegan, por consideración de Nacho Gónzález, poeta asturiano de largo periplo —desconocido para mí hasta hace unos días, y al que descubrí gracias al blog “Perros en la playa” de Jordi Doce—, no por correo virtual, sino por correo ordinario, dos entregas en forma de plaquette —una doble—, de las que más me agradan.  A decir verdad, porque se trata de poesía “poesía”, amasada con las manos limpias del lenguaje y el transcurrir lento de la existencia. Tanto en la exquisita edición de “Contra la oscuridad” (Cuadernos del Bandolero, 9), publicada ya en el lejano 2003 —que alberga sendos cuadernos: “De entre las ascuas”, de José Carlos Díaz (Gijón, 1962) y “El libro de las horas” de Juan Ignacio González (Seana, Mieres, 1960)—, como en “El cuaderno de la ceniza” (Gijón, 2013), del ya citado Nacho González, editado por CUADERNOS “Heracles y Nosotros”, haciendo este el nº 10 de la serie y el primero de su segunda época, prevalece el gusto por el canto, por la palabra precisa y por el esmero delicado en la composición. Un obsequio impagable, sin duda, al tratarse de dos hermosas ediciones, de tirada reducida, y que da muestra de la generosidad del poeta y de su empeño por compartir. Desde aquí, mi múltiple agradecimiento: He disfrutado, con todos los sentidos, de la lectura y recupero aquí uno, podrían ser muchos más, de los poemas, en esta tarde cuyo cielo es ya de lírica ceniza.

                                                                                                                                                                      

                              

                             PEQUEÑA FLOR DE EXILIOS

      ©jpw

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  • Londres en 3 Imágenes

     

     

     

     

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